Ponga un intelectual en su gobierno

Pocos matri­mo­nios resul­tan tan pro­ble­má­ti­cos (incluso con san­gre y veneno de por medio en muchos casos) como el que cons­ti­tu­yen, en un momento dado, los inte­lec­tua­les y el poder esta­ble­cido, ya sea este laico o reli­gioso. Filó­so­fos, ensa­yis­tas y lite­ra­tos ver­sus polí­ti­cos y repre­sen­tan­tes de los dio­ses en la Tie­rra; las pala­bras ver­sus las armas; las ideas ver­sus las creen­cias; refle­xión ver­sus con­signa; pen­sa­miento ver­sus acción pre­con­ce­bida.

Dema­sia­das anti­no­mias para que fun­cione la rela­ción y no acabe, como poco, en divor­cio. Casa mal la expre­sión de lo que libre­mente se piensa con la nece­si­dad de repren­der, mode­lar o cau­ti­var dicho pen­sa­miento; la pala­bra que abre el cauce de la duda y la crí­tica para lle­gar a la ver­dad y denun­ciar la men­tira con la ver­dad esta­ble­cida que no desea ser impor­tu­nada. Incluso en épo­cas de la mayor tole­ran­cia y demo­cra­cia ha resul­tado difí­cil el enjua­gue entre poder y liber­tad de expre­sión: polí­ti­cos con ínfu­las de pen­sa­do­res e inte­lec­tua­les ante la ocu­rren­cia o el deseo de cam­biar el sis­tema desde den­tro del sis­tema y hasta par­ti­ci­pando y bene­fi­cián­dose de él.

Sin lle­gar a extre­mos como los de Cice­rón, Séneca y otros muchos (inde­pen­dien­te­mente de su cata­dura moral y de la fia­bi­li­dad de sus inten­cio­nes), que paga­ron con la vida su ocu­rren­cia, si bien con la Inqui­si­ción en los talo­nes y los ecos de la Ilus­tra­ción fuera de pers­pec­tiva, desde la peli­grosa sima que se abre entre los siglos XVIII y XIX, José María Blanco White des­cribe la reali­dad con la que tie­nen que lidiar los inte­lec­tua­les de su época, des­cen­diente de épo­cas ante­rio­res y pre­lu­dio de las veni­de­ras: Europa no pre­sen­taba un cua­dro de “escla­vi­tud inte­lec­tual” más horro­roso que el que des­cu­bre la his­to­ria de España. E insiste en el feroz fana­tismo ampa­rado en el honor, la nobleza, la fe y la reli­gión. Es difí­cil cor­tarle el cauce al cau­dal de la pala­bra: los diques sufren fisu­ras y el torrente de la pala­bra esquiva, libe­rada, puede gol­pear donde menos con­viene. A veces no basta con la cen­sura y es nece­sa­rio el cas­tigo: “pri­sio­nes, con­fis­ca­mien­tos, infa­mia, tor­men­tos y muerte” (Blanco White).

Bien parece, a razón de lo expuesto, que sólo hay una pala­bra para des­cri­bir la esen­cia de este even­tual matri­mo­nio (ya sea pro­ducto del amor, pues no hay amor sin liber­tad y el sis­tema se encarga de paliar la pasión y eufo­ria pri­me­ras con menes­te­res más pere­gri­nos; ya de con­ve­nien­cia, pues nada tiene que hacer la ambi­ción que duda cuando con­vive con ambi­cio­nes más pode­ro­sas): el fracaso.

la-caza-de-los-intelectuales_9788423347971Sin embargo, una y otra vez el inte­lec­tual se deja sedu­cir por los can­tos de sirena de la polí­tica. Culto y lúcido, cono­ce­dor de la tra­di­ción que ava­la­ría cual­quier pos­tura menos arries­gada, la fábrica de noti­cias per­ma­nente y efi­caz que es la his­to­ria rin­diendo cuen­tas a dia­rio… ¿Qué lleva al inte­lec­tual a embar­carse en una aven­tura que se diría la cró­nica de una muerte anun­ciada, cuando no una muerte efec­tiva y disciplinaria?

Si deja­mos a un lado las sus­pi­ca­cias, que cada cual en la medida de su talante e infor­ma­ción habrá de dis­cer­nir en cada caso –tarea com­pleja por cuan­tos casos aso­man la cabeza a tenor del libro que sus­tenta este comen­ta­rio, La caza de los inte­lec­tua­les (Des­tino) de César Anto­nio Molina–, habría que con­cluir que la ten­ta­ción obe­dece a la nece­si­dad de lle­gar donde no llega la pala­bra ni siquiera cuando la liber­tad de expre­sión per­mite hasta el exceso sin cas­ti­garlo con la hoguera.

El autor de este libro, César Anto­nio Molina, pre­dicó con el ejem­plo y ahora lo hace con los ejem­plos y son muchos (casi todos cono­ci­dos, lo que no es óbice para que nos ente­re­mos de cosas) desde Cice­rón hasta él mismo.

No se trata aquí de des­cu­brir las inten­cio­nes (muchas de ellas se encuen­tran en los ren­glo­nes de este cua­derno de bitá­cora enmas­ca­rado de eru­di­ción) de alguien que lo ha sido todo en el ámbito de la cul­tura (incluso algo más difí­cil, en el terreno de la ges­tión cul­tu­ral) para pro­bar en un terri­to­rio de cuyas espi­nas ya tenía noti­cia. Tam­poco de esta­ble­cer una tabla de acier­tos y erro­res que come­tiera durante su etapa de minis­tro; de Cul­tura como no podía ser menos (antes había sido direc­tor del Círculo de Bellas Artes y el Ins­ti­tuto Cer­van­tes y ahora lo es de la Casa del Lector).

No me interesa si el pro­pio César Anto­nio Molina entiende su paso por el minis­te­rio como un fra­caso o no si el resul­tado es un libro como éste que, con otros suyos, ser­virá de con­sulta y deleite.

AURELIO LOUREIRO

 Una ver­sión de este artículo ha sido publi­cada en el número de mayo de 2014, 252, de la Revista LEER (cóm­pralo en tu quiosco o mejor aún, sus­crí­bete).

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