Matar al padre ya no es buen negocio

Profe­cía (Anagrama), de San­dro Vero­nesi (Flo­ren­cia, 1959), demues­tra que un libro no tiene que hacerse el intere­sante para serlo y que la acu­mu­la­ción de pági­nas tam­poco es garan­tía de que lo sea. Éste es un libro corto de pági­nas, pero largo de fra­ses y pala­bras; ade­más con­tiene tres his­to­rias, que son una con suce­si­vas varian­tes. Muy intere­sante, por cierto.

La rela­ción entre padres e hijos está de moda (ya se ha escrito aquí) y no es de extra­ñar, ya que la evo­lu­ción de la socie­dad y los meca­nis­mos que la regu­lan es tan ace­le­rada que parece impo­si­ble acom­pa­ñarla de una inter­pre­ta­ción adecuada.

Maquetación 1No ha mucho tiempo, matar al padre no era sólo un buen nego­cio sino un acto nece­sa­rio para rom­per las cade­nas de la ado­les­cen­cia; sobre todo la ado­les­cen­cia artís­tica, enquis­tada en un sin­fín de incer­ti­dum­bres, igual­mente nece­sa­rias para dar el salto defi­ni­tivo. Prue­bas tene­mos de ello; algu­nas de alto rigor inte­lec­tual, otras de gran valor lite­ra­rio. El reto era recons­truir al padre des­pués de haberlo matado; empeño que, aun­que se hable en sen­tido figu­rado, no pocas veces ter­mina en fracaso.

La laxi­tud que reporta la men­gua de expec­ta­ti­vas reales com­porta a menudo la pro­lon­ga­ción sine die de esa ado­les­cen­cia, lle­gando incluso a dar la impre­sión, falsa a todas luces, de que se puede vivir eter­na­mente en esa situa­ción de inte­ri­ni­dad. La cues­tión eco­nó­mica es de vital impor­tan­cia en la dia­triba que se plan­tea, máxime en los tiem­pos que corren, cuando el mer­cado lleva la manija incluso de los paraí­sos ima­gi­na­rios, y ahí la figura del padre adquiere los ras­gos, más que de muerto nece­sa­rio, de enti­dad finan­ciera. Un cadá­ver que ha de sobre­vi­vir a todas las cri­sis, per­so­na­les y pro­fe­sio­na­les para que esa ado­les­cen­cia no sufra un colapso y quede para siem­pre en estado vegetativo.

La exa­ge­ra­ción en los tér­mi­nos con­duce con fre­cuen­cia al extremo con­tra­rio. Ahora parece que hay que man­te­ner al padre con vida a toda costa y no siem­pre como con­se­cuen­cia de la mala con­cien­cia o el sen­ti­miento de culpa.

Como quiera que sea, Pro­fe­cía va más lejos. San­dro Vero­nesi está en esa edad en la que la ado­les­cen­cia es un recuerdo ineluc­ta­ble y la rela­ción con los padres un asunto sin resol­ver del todo. Estos rela­tos lo demues­tran: la lite­ra­tura sirve para matar al padre, pero tam­bién para que tenga una muerte digna y sin dolor. Pre­ci­sa­mente, el pri­mer relato, que da título al libro, es un ejem­plo evi­dente de ese empeño: el pro­ta­go­nista se des­vive por pro­por­cio­nar las mis­mas aten­cio­nes a su padre (cuando ve que se acerca su muerte) que a su madre (cuando le suce­dió a ella unos meses antes); lo cual ya deja entre­ver algu­nas esquir­las en la rela­ción pater­no­fi­lial. La rela­ción padre hijo no es fácil y menos den­tro de un pro­ceso de enfer­me­dad ter­mi­nal que aún per­mite res­qui­cios para la memo­ria y la rebel­día; pero, al mismo tiempo, es la pro­pia enfer­me­dad y la fata­li­dad de su des­tino la que pone las cosas en su sitio.

Los otros rela­tos son más dra­má­ti­cos, si cabe. Muerto por algo es la silen­ciosa ven­ganza de un hijo, éste sí ado­les­cente, por la muerte de su padre. Este muere de un infarto sobre una mesa de billar, el hijo es el con­ta­dor de los pun­tos; nadie le ha matado, pero todo sigue igual des­pués de su muerte. El hijo no lo soporta y acaba des­tru­yendo esa ilu­so­ria reali­dad. Lo que ha sido será aborda la nece­si­dad del hijo por hacerse valer ante su padre en com­pa­ra­ción con un vecino al que prohíja. Asunto de alcance que la reali­dad, pre­ce­dida de un engaño, aca­bará dilu­ci­dando. Nunca es dema­siado tarde.

AURELIO LOUREIRO

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