Lo importante es intentarlo

Hasta los más rea­cios se han dado cuenta de que un buen envase engran­dece el objeto que con­tiene, no importa su natu­ra­leza: una joya, un vino o una rosa velada por el celo­fán. Los libros tam­bién rin­den tri­buto al diseño y el que hoy sí nos importa (La fór­mula para dejar de fumar, del Doc­tor Robert West, experto mun­dial en adic­cio­nes), ade­más, con­si­gue lla­mar la aten­ción. Sobre todo cuando anun­cia que millo­nes de per­so­nas han dejado de fumar con los sus ingre­dien­tes: reclamo audaz, pero efectivo.

portada-formula-para-dejar-fumarUna de las cla­ves de la publi­ci­dad (no habla­re­mos de la pro­pa­ganda, que res­ponde a pre­su­pues­tos muy pare­ci­dos) es la capa­ci­dad de crear nue­vas nece­si­da­des en los clien­tes poten­cia­les a los que va diri­gida. La bús­queda de la feli­ci­dad, lícita a todas luces, ya pro­venga del afán coti­diano, ya del deve­nir espi­ri­tual, es mate­ria sus­cep­ti­ble de ser mol­deada y, por lo tanto, vulnerada.

Ocu­rre que esa nueva nece­si­dad, más allá del solaz que obtiene mien­tras dura la ilu­sión, puede deve­nir en depen­den­cia y, en no pocas oca­sio­nes, en una adic­ción que a la larga quizá socave el obje­tivo con el que fue creada.

Pre­ci­sa­mente una de las adic­cio­nes con más solera y pos­tín, otrora signo de dis­tin­ción y gala­nura, la adic­ción al tabaco ha dado mucho que hablar en los últi­mos tiem­pos. Dejando a un lado cues­tio­nes mora­les o de jus­ti­cia social, la liber­tad indi­vi­dual e incon­ve­nien­tes que para la con­vi­ven­cia reporte fumar, cae de cajón que lo que hace que se vea al fuma­dor casi como un apes­tado es la rela­ción directa del tabaco con la enfer­me­dad, un estigma que, si se liga al gasto sani­ta­rio, pro­voca un debate aún más acalorado.

Des­pe­jada la duda, el men­saje con­tun­dente “fumar mata”, las fotos (vivi­mos en una socie­dad que busca la pureza a tra­vés de imá­ge­nes maca­bras), las lla­gas de la adic­ción advir­tiendo de la enfer­me­dad segura, son el mejor ada­lid de la prohibición.

No es raro que sur­jan rece­tas infa­li­bles para dejar de fumar y que éstas par­tan del empeño por con­ven­cer a los fuma­do­res de que la nece­si­dad creada y mace­rada durante años aca­bará matán­do­los si no toman una deci­sión drás­tica: dejar de fumar. Se impone la urgen­cia, se uti­liza la suges­tión y, al fin, el fuma­dor apa­rece como el único res­pon­sa­ble de lo que ocu­rra. Es él, con la ayuda de guías exper­tos y póci­mas cada vez más ela­bo­ra­das, el encar­gado ahora de crearse la nece­si­dad de dejar de fumar. De lo con­tra­rio, en cierto modo se esta­ría sui­ci­dando y eso, más allá de las agre­sio­nes coti­dia­nas, sería una afrenta con­tra las bue­nas cos­tum­bres de la época y un riesgo para las arcas públi­cas si se con­vierte en un paciente crónico.

De ese tras­vase de res­pon­sa­bi­li­dad sur­gen muchos libros de auto­ayuda, cuyo obje­tivo pri­mero es hacer ver al fuma­dor de los ries­gos que corre si no acepta sus con­se­jos y tam­bién de los bene­fi­cios que obten­drá si hace lo con­tra­rio, ayu­darle a con­ven­cerse de la nece­si­dad de aban­do­nar el vicio, con­ver­tirlo en pro­ta­go­nista abso­luto de su pro­pia cura­ción, para luego mar­carle las pau­tas que ha de seguir para conseguirlo.

Este pro­ceso de seduc­ción gene­rosa a cam­bio de un coste mínimo dis­cu­rre por un camino de reden­ción (la parte más espi­ri­tual de la enfer­me­dad, nece­sa­rio peaje) que ni con mucho se pre­senta fácil. Los obs­tácu­los son muchos, la adic­ción tai­mada, con lo cual, a la nece­si­dad de dejar de fumar, hay que aña­dir el con­ven­ci­miento de que es lógico caer, pero que se puede levan­tar uno todas las veces que sean pre­ci­sas. La recom­pensa está cerca aun­que tarde en lle­gar. Lo impor­tante es intentarlo.

En ese momento en que la res­pon­sa­bi­li­dad ha caído ya sobre el fuma­dor, el libro deja de ser una fór­mula infa­li­ble para con­ver­tirse en una guía de ese camino de reden­ción que aca­bará o no en la cura final. Lo impor­tante es inten­tarlo y, si no se con­si­gue, habrá que recu­rrir a otro tipo de terapia.

El libro de Robert West está en esa línea y lo ava­lan muchos años de inves­ti­ga­cio­nes cien­tí­fi­cas y casos prác­ti­cos. Lo sufi­ciente para no caer en el engaño de ase­gu­rar que sólo a par­tir de la pala­bra y su capa­ci­dad de suges­tión se puede curar el taba­quismo. La cien­cia reprime la osa­día, aun­que depende tam­bién del tesón; su baza es poner las car­tas boca arriba y ofre­cer tanta infor­ma­ción como sea posi­ble. El uso del len­guaje es impor­tante y debe ser claro y con­ciso, libe­rado del las­tre de la nece­si­dad de con­ven­cer y, sobre todo, con­te­nido en cuanto a palabrería.

La por­tada del libro es agre­siva y reve­la­dora, la infor­ma­ción en su punto exa­ge­rada, el impacto con­se­guido, la nece­si­dad creada. Luego hay que mati­zar (el doc­tor West lo hace y cuida la pala­bre­ría) para dar lo que se ofrece y no gato por liebre.

AURELIO LOUREIRO

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