Revista leer

El escri­tor, hele­nista y pan­fle­tista pari­sino Paul-Louis Courier (1772–1825) con­sa­gró su pluma a la lite­ra­tura anti­mo­nár­quica, espe­cial­mente desde la Res­tau­ra­ción de los Bor­bo­nes por los alia­dos en el trono fran­cés tras la derrota de Napo­león, en 1814, en un periodo extra­or­di­na­ria­mente reac­cio­na­rio. Sus Pan­fle­tos polí­ti­cos –publi­ca­dos en España en 1936 por la Revista de Occi­dente– sobre­sa­len por su valen­tía y agu­deza. Par­ta­mos de la base de la escasa sim­pa­tía que Courier sen­tía por el mili­tar de Ajac­cio, al que con­si­de­raba un ver­da­dero déspota.

Tras entrar en la Escuela de Arti­lle­ría de Châ­lons, Courier se unió al ejér­cito napo­leó­nico en 1792, en el que desa­rro­lló una exi­tosa carrera como arti­llero, a pesar de su aver­sión a la dis­ci­plina mili­tar. En 1798 se unió a las tro­pas de ocu­pa­ción en Ita­lia, país en el que escri­bió una gran parte de sus ensa­yos, en medio del fra­gor de las cam­pa­ñas, entre 1804 y 1809, año en que aban­donó el ejér­cito, tras la bata­lla de Wagram. Al igual que hizo su con­tem­po­rá­neo Stend­hal (1783–1842) en La car­tuja de Parma, Courier fue un tes­tigo de excep­ción de un tiempo con­vulso, cuyo relato con­vir­tió en lite­ra­tura. Ahora la edi­to­rial valli­so­le­tana Cua­tro Edi­cio­nes, espe­cia­li­zada en res­ca­tar exqui­si­te­ces euro­peas –obras poco cono­ci­das de Derrida, Von Hof­mannsh­tal, Sta­ro­binski, Machado de Assis, Fou­cault o Cas­telo Branco– en esme­rado for­mato, publica en una exce­lente tra­duc­ción de Paula Olmos –impres­cin­di­ble resulta su pró­logo– revi­sada por Rosa­rio Iba­ñez y María José Pozo Todo ha cam­biado. Recuer­dos ita­lia­nos hacia 1800, un for­mi­da­ble tes­ti­mo­nio auto­bio­grá­fico que desa­rro­lla un tren­zado epis­to­lar que abarca desde el 28 de abril de 1787 a abril de 1814.

CourierEste libro, casi una nove­dad en cas­te­llano –pues habría­mos de remon­tar­nos a la rea­li­zada en 1896 en París por Ricardo Fuente– abarca nada menos que un periodo de la vida de Courier que va desde sus quince años hasta los 42, bajo un for­mato epis­to­lar cier­ta­mente polié­drico, pues esta­mos ante una corres­pon­den­cia con glosa; es decir, con ano­ta­cio­nes del pro­pio autor. Podría decirse que es una novela de for­ma­ción o apren­di­zaje, una clá­sica bil­dungs­ro­man, que posee a la vez la ven­taja de una arqui­tec­tura extra­or­di­na­ria­mente moderna y pre­rro­mán­tica, casi diría­mos que expe­ri­men­tal. Por­que a Courier le carac­te­ri­zan ante todo el riesgo y la libertad.

Lo que más asom­bra de este escri­tor sol­dado es su capa­ci­dad de com­bi­nar la acción –una lucha que rehuía y en la que no creía– con el cul­tivo de sus estu­dios e inves­ti­ga­cio­nes mien­tras via­jaba por Ita­lia, Alsa­cia, Aus­tria y Suiza. Estos recuer­dos ita­lia­nos se levan­tan con­tra Napo­león y sus des­truc­ti­vas e impe­ria­lis­tas ambi­cio­nes, como si se tra­tase de un ejer­ci­cio pre­vio de su obra pan­fle­ta­ria, pero sin su pos­te­rior acri­tud polí­tica. Así, en Mileto, el 16 de octu­bre de 1806, dirige una carta a un ofi­cial de arti­lle­ría en Nápo­les en el que le cuenta cómo el comi­sa­rio de defensa Michaud se había dejado dego­llar: «No me extraña; había per­dido la cabeza; y no es una forma de hablar”. La mili­cia está pla­gada de rufia­nes que se dispu­tan la cajita con el dinero que lle­van con­sigo y el ascenso de un pobre ofi­cial de arti­lle­ría sin arti­lle­ría es impo­si­ble, mucho menos en el caso de Courier, al que jamás se le tuvie­ron en cuenta sus ser­vi­cios y cuyos gene­ra­les, que tenían incluso difi­cul­ta­des para man­te­nerse, nunca hicie­ron nada por él. Escribe a sus ami­gos una y otra vez para que lo saquen de “la bota” ita­liana, de un agu­jero en el que se sen­tía –al igual que sus com­pa­ñe­ros– com­ple­ta­mente olvi­dado. Deli­cio­sas son las refle­xio­nes sobre Jeno­fonte y la caba­lle­ría que le dedica al sr. de Sainte-Croix, su edi­tor, en diciem­bre de 1807 y que ter­minó por con­ver­tirse en el pró­logo a Du Com­men­taire de la cava­le­rie et de l’equitation: en el texto le informa modes­ta­mente de que no se espere de él eru­di­ción alguna, pues no son pro­pias de él este tipo de inves­ti­ga­cio­nes que requie­ren de tiempo y libros, una queja de impo­ten­cia sin duda ante el trance bélico que atra­ve­saba cada día.

Todo ha cam­biado, no reco­nozco nada”, escribe Courier. Y nos recuer­dan sus pala­bras a las del soneto de Que­vedo, escrito hacia 1613: “Entré en mi casa: vi que aman­ci­llada / de anciana habi­ta­ción era des­po­jos, / mi báculo más corvo y menos fuerte”. Con el poeta madri­leño com­par­tió vis crí­tica, eru­di­ción y una aler­gia al poder que llevó a ambos a con­ver­tirse en los pros­cri­tos de la Corte, los no genu­fle­xos, los enemi­gos de las orde­nan­zas socia­les y los jue­gos del reino: obvia­mente los pen­sa­do­res más intere­san­tes de su época.

DAVID FELIPE ARRANZ