Realidad y leyenda

Si  cree­mos a Javier Reverte, autor de este libro evo­ca­dor (Canta Irlanda. Un viaje por la isla esme­ralda, Plaza & Janés), John Ford, irlan­dés de cuna y cineasta experto en inven­tar hom­bres tran­qui­los a fuerza de mam­po­rros, dijo en algún momento que “en Irlanda, como en el Oeste ame­ri­cano, entre la reali­dad y la leyenda se elige siem­pre la leyenda”. Un poco más ade­lante, den­tro de la misma secuen­cia, el autor recoge un sen­ti­miento colec­tivo: “Irlanda ha cre­cido entre las bru­mas de las leyen­das, los can­tos popu­la­res y la voz de los poe­tas. Un héroe irlan­dés no es nadie si no hay una balada que le cante. Por eso Irlanda es un país de escri­to­res y, por eso, el pue­blo irlan­dés ama a sus escri­to­res más que a sus san­tos, a sus polí­ti­cos o a sus héroes fenia­nos”. En un país como el que se cita esto es “decir no poco” y es sólo el principio.

cantairlandaQue las pala­bras hue­len ya no es caso de sor­presa y el aroma que des­pren­den, según el viento que sople y la fuerza del eco que retumbe en el hori­zonte, nos empuja hacía éste o aquel lugar, cerca o lejos, como si fue­ran remi­nis­cen­cias de luga­res soña­dos o leídos.

Últi­ma­mente las pala­bras pare­cen haberse puesto de acuerdo en diri­gir sus eflu­vios hacia Irlanda; ese lugar real que se erige sobre una isla ima­gi­na­ria, la isla esme­ralda que llama Reverte, donde los sue­ños se mez­clan con las enso­ña­cio­nes y éstas van a parar al cuenco de la nostalgia.

La nos­tal­gia es mala con­se­jera, salvo que se afronte con papel y lápiz y se rie­gue de whisky, pin­tas de cer­veza y bala­das que can­tan al fra­caso del héroe ven­cido: en Irlanda el alcohol sus­ti­tuye en las venas a la san­gre derra­mada en aras de la liber­tad, el exceso se funde con la calma y esa amal­gama se con­vierte en cos­tum­bre pró­xima al mar­ti­rio anun­ciado y soli­da­rio. Todo viaje es un viaje a la nos­tal­gia y, por ende, un ir más allá de cada hori­zonte que sale al paso como una fron­tera invi­si­ble y reta­dora y, al otro lado, nece­sa­ria­mente la vida del lugar que se desea res­ca­tar, su his­to­ria y su leyenda.

Tói­bín abrió el camino de las esen­cias lle­ván­do­nos hasta Yeats y sus pala­bras rotas. Javier Reverte nos pro­pone un viaje evo­ca­dor a un lugar donde los via­jes y las evo­ca­cio­nes son el pan de cada día y lo hace a par­tir de los via­jes de per­so­na­jes que ya per­te­ne­cen a nues­tro ima­gi­na­rio; tanto que se diría que exis­ten, como Kare­nina o Napo­león, para escar­nio de la reali­dad que marca a fuego las bue­nas inten­cio­nes. Gulli­ver, Bloom, los már­ti­res de la Semana de Pas­cua de 1916; reali­dad y leyenda.

Uli­ses escu­chó de lejos los can­tos de sirena, más cier­tos que los sus­pi­ros de Pené­lope y se puso en mar­cha al pronto. El viaje no admite tre­gua, ni siquiera la que ofrece el que per­si­gue al via­jero, el Telé­maco de turno, pues todo viaje es huida y per­se­cu­ción, ale­ja­miento y retorno y siem­pre hay algo que se encuen­tra por pri­mera vez tanto en la ida como en la vuelta donde Pené­lope aguanta.

Javier Reverte parte del Blooms­day de 2012 en Dublín para hacer exten­sivo su home­naje a James Joyce a todos los escri­to­res que, desde los retra­tos y recor­da­to­rios que jalo­nan la geo­gra­fía irlan­desa, retra­tan a un pue­blo que venera a sus escri­to­res. Richard Ell­mann, bió­grafo de muchos de ellos, tam­bién apa­rece y, cómo no, Oscar Wilde y Samuel Beckett, secre­ta­rio de Joyce y Pre­mio Nobel.

No haga­mos como Mer­cier y Camier y empren­da­mos el viaje por esos espa­cios cono­ci­dos que aún guar­dan sorpresas.

AURELIO LOUREIRO

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