Martínez de Pisón regresa a la familia

Recuerda Igna­cio Mar­tí­nez de Pisón (Zara­goza, 1960) en la entre­vista con­ce­dida a LEER que se publica en su número de abril la apre­cia­ción de Tols­tói estam­pada en Ana Kare­nina: “Todas las fami­lias  feli­ces se pare­cen entre sí; las infe­li­ces son des­gra­cia­das cada una a su manera”. Sin duda, la segunda parte de esta obser­va­ción ha dado mucho juego en la lite­ra­tura, sobre todo si se le saben extraer todas sus posi­bi­li­da­des, ya que con­juga dos ele­men­tos, fami­lia e infe­li­ci­dad, muy pro­pi­cios para los nove­lis­tas de raza. La fami­lia es un micro­cos­mos que, a pequeña pero sig­ni­fi­ca­tiva escala, puede ser­vir como espejo de las socie­da­des y, en ella, salen a la luz todos los entre­si­jos y veri­cue­tos del cora­zón humano, que resulta más nove­lesco si está atra­ve­sado por el dolor y la desdicha.

En su última novela, La buena repu­tación (Seix Barral), Mar­tí­nez de Pisón inter­re­la­ciona  fami­lia e infe­li­ci­dad en su apuesta más ambi­ciosa hasta el momento, donde se zam­bu­lle de lleno en las dis­tan­cias lar­gas –son más de seis­cien­tas apre­ta­das pági­nas–, en una línea en la que ha ido avan­zando, aun­que su comienzo fuese en 1984 con La ter­nura del dra­gón, de poco más de cien pági­nas. Pero, más allá de cues­tio­nes de lon­gi­tud, que no son, sin embargo, bala­díes –todo narra­dor debe saber dar la medida justa y ade­cuada acorde con lo que exige lo con­tado en cada caso–, Mar­tí­nez de Pisón siem­pre se ha man­te­nido fiel a su uni­verso per­so­nal, a aque­llos con­flic­tos y asun­tos que más le moti­van e intere­san, una carac­te­rís­tica que nos remite a su auten­ti­ci­dad como crea­dor. Y en ese mundo, la explo­ra­ción de las rela­cio­nes fami­lia­res ha sido uno de sus ejes, que ya apa­re­cía en su pri­mera novela a tra­vés del ado­les­cente Miguel que irá des­cu­briendo las bon­da­des y las mise­rias de los adul­tos que le rodean.

Portada La buena reputaciónEn La buena repu­tación vuelve a inda­gar en una fami­lia, ahora la for­mada por Samuel y Mer­ce­des, sus hijas, Miriam y Sara, y sus nie­tos, Daniel y Elías, cuya his­to­ria, desa­rro­llada a lo largo de un dila­tado periodo de tiempo del pasado siglo en España, con­cre­ta­mente entre 1950 y 1987, y en varios esce­na­rios –Meli­lla, Tetuán, Málaga, Zara­goza y Bar­ce­lona–, se nos cuenta de manera pro­lija mediante una estruc­tura que divide la novela en cinco par­tes refe­ri­das a cada uno de los miem­bros de esta fami­lia y titu­la­das con su nom­bre, empe­zando por “La novela de Mer­ce­des”, la matriarca del clan, y así suce­si­va­mente. De todos menos de Sara, que no tiene apar­tado espe­cí­fico, lo que en un prin­ci­pio llama la aten­ción, pero que se explica en cuanto que de Sara vamos cono­ciendo su peri­pe­cia por los otros miem­bros de la fami­lia, mar­cán­dose la con­tra­po­si­ción entre el carác­ter y el dife­rente dis­cu­rrir vital de las dos her­ma­nas: la sen­sata Miriam, casada con quien debía, modé­lica esposa y madre, y la rebelde Sara, quien aban­dona su casa por amor sin ni siquiera des­pe­dirse, aun­que luego vuelva y se pro­duzca una apa­rente reconciliación.

La novela entre­mez­cla el aná­li­sis de los con­flic­tos fami­lia­res con la recrea­ción de varios ambien­tes, sobre todo el de la Meli­lla de los años cin­cuenta, donde existe una gran inquie­tud por la pró­xima des­co­lo­ni­za­ción de Marrue­cos y el posi­ble obli­gado regreso de los espa­ño­les del Pro­tec­to­rado a la Penín­sula. En ese marco viven Samuel y Mer­ce­des, que des­pués comen­za­rán un peri­plo por dis­tin­tas ciu­da­des de España. Samuel es judío sefardí, aun­que está des­ga­rrado entre sus raí­ces y la adap­ta­ción, que le ha ido muy bien, al medio no judío, pues su mujer es cató­lica y Samuel ha cons­truido su vida al mar­gen de su comu­ni­dad de ori­gen. No obs­tante, la situa­ción de cam­bios le empuja a que se com­pro­meta ayu­dando a los judíos que desean ins­ta­larse en el recien­te­mente creado Estado de Israel. Así, Mar­tí­nez de Pisón se basa en una amplia docu­men­ta­ción para trans­mi­tir­nos ese mundo judío y su éxodo, refle­jado en algún caso en epi­so­dios suce­di­dos en la reali­dad, como el nau­fra­gio del Pis­ces, en el que fue­ron víc­ti­mas más de cua­renta hebreos que huían de Marrue­cos hacia Israel a tra­vés de Melilla.

Ahora bien, como señala el pro­pio Mar­tí­nez de Pisón en la citada entre­vista, “la docu­men­ta­ción no sirve para nada si uno no acierta a insu­flarle vida”. Y, cier­ta­mente, el escri­tor zara­go­zano afin­cado en Bar­ce­lona lo con­si­gue en esta novela que supone un tour de force en su tra­yec­to­ria lite­ra­ria. Y lo logra a tra­vés de una trama bien cons­truida y unos per­so­na­jes de carne y hueso, con sus viven­cias y con­tra­dic­cio­nes. Así, por ejem­plo, Mer­ce­des, cuya afán de con­trol intenta ir más allá incluso de su muerte al dejar un sin­gu­lar tes­ta­mento, en el que sus nie­tos debe­rán acep­tar una serie de con­di­cio­nes para reci­bir la heren­cia; Samuel, con el alma divi­dida entre sus orí­ge­nes y el prag­ma­tismo, lo que le aca­rrea mala con­cien­cia, o Sara, que pasa de ser una joven ilu­sio­nada a una mujer resen­tida y de agria personalidad.

La his­to­ria de esta saga fami­liar, que reco­rre tres gene­ra­cio­nes, y que, final­mente, como piensa Daniel, “no era la mejor fami­lia del mundo, pero era su fami­lia”, hará las deli­cias de los aman­tes de las nove­las río. Igna­cio Mar­tí­nez de Pisón, con títu­los en su haber como El tiempo de las muje­res, Dien­tes de leche, El día de mañana o Ente­rrad a los muer­tos –mag­ní­fico acer­ca­miento al ase­si­nato de José Robles durante la Gue­rra Civil espa­ñola–, sabe narrar y emo­cio­nar. En este monu­men­tal reto que supone La buena repu­tación lo demues­tra con creces.

CARMEN RODRÍGUEZ SANTOS

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