Revista leer
Res­ca­ta­mos uno de los tex­tos más esti­mu­lan­tes de nues­tro número de abril dedi­cado a la escri­tura cine­ma­to­grá­fica. En él, Jorge Bení­tez Mon­ta­ñés ana­liza la par­ti­cu­lar coyun­tura pro­pi­ciada por el gran momento de las series de tele­vi­sión nor­te­ame­ri­ca­nas (ejem­pli­fi­cado recien­te­mente por “True Detec­tive”, pro­ta­go­ni­zada por Matt­hew McCo­naughey y Woody Harrel­son, ambos arriba). Los guio­nis­tas han alcan­zado una posi­ción de poder y noto­rie­dad iné­dita hasta la fecha. Ellos son las estre­llas de una vir­tuosa caram­bola indus­trial expli­cada en las siguien­tes líneas.
 

La com­pren­sión de las artes oscu­ras –el guión es una de ellas– requiere tanto de tra­duc­tor como de intér­prete. Por ello el Prín­cipe de las Tinie­blas dejo dicho eso de “igual que una puta, des­cargo mi cora­zón a base de pala­bras”. En este caso el tra­duc­tor resultó ser William Sha­kes­peare y, den­tro de los nume­ro­sos intér­pre­tes dis­po­ni­bles, el más afor­tu­nado fue David Mamet, que hasta tuvo el sen­tido común de bau­ti­zar su auto­bio­gra­fía como una pro­fe­sión de putas.

La penum­bra lite­ra­ria del guio­nista no tiene que ver con el reco­no­ci­miento o la con­fu­sión de géne­ros; sim­ple­mente está supe­di­tada a un man­da­miento: hacer un guión con­lleva la posi­bi­li­dad –decir cer­teza sería dema­siado cruel– de que sea modi­fi­cado por aque­llos que lo han con­tra­tado (dicen que una vez hubo alguien que quiso dis­cu­tir esa cláu­sula. Su cadá­ver jamás fue encontrado).

Esta con­fu­sión eso­té­rica hace que El Bardo a menudo sea nom­brado en vano. Por esta razón es reco­men­da­ble vacu­narse de su mar­ke­ting con un sen­ci­llo expe­ri­mento. En cual­quier reunión de gente sen­si­ble, un sujeto sin escrú­pu­los es capaz de pro­cla­mar esa frase manida y gro­sera: “Si Sha­kes­peare viviera hoy, escri­bi­ría para la HBO”. Silen­cio. La gente pro­cesa quién es Sha­kes­peare, qué es la HBO… Aplau­sos men­ta­les. Con­senso. Fun­ciona. Y lo mejor de todo es que nadie se ruboriza.

Esto se debe al gran momento que viven las series esta­dou­ni­den­ses, cuyo éxito ha ele­vado al guio­nista a la con­di­ción de crea­dor todo­po­de­roso. Un esta­tus simi­lar al logrado por los direc­to­res de la Nou­ve­lle Vague y del Holly­wood de los 70. Los resul­ta­dos lite­ra­rios son espec­ta­cu­la­res, pero quie­nes real­mente man­dan son los de siem­pre, aque­llos que no quie­ren salir en los títu­los de cré­dito. Cuando los guio­nis­tas los olvi­den y empie­cen a ser con­su­mi­dos por el ego que enve­nena el talento serán expul­sa­dos del Olimpo. O aún peor, podrían ser invi­ta­dos uno por uno a una sala de jun­tas para escu­char un dis­curso simi­lar al que padece el estre­me­cido Howard Beale en Net­work. Ya saben, eso de «¡usted se ha entro­me­tido con las fuer­zas pri­mi­ti­vas de la naturaleza!».

La HBO es un oasis, o un espe­jismo, según se mire, den­tro del mundo de las putas. Sus rec­to­res, parte del con­glo­me­rado de Time War­ner, no son mejo­res per­so­nas que sus cole­gas de otras tele­vi­sio­nes ni aspi­ran a ser mece­nas del Rena­ci­miento. Quie­ren ganar dinero. Este canal de pago, que incluso en EEUU es mino­ri­ta­rio, atrae a su público prin­ci­pal­mente gra­cias a la oferta depor­tiva. Con la for­ta­leza de las cuo­tas de sus sus­crip­to­res apuesta por ese valor aña­dido lla­mado pres­ti­gio. Ahí radica la revo­lu­ción: el pres­ti­gio es dinero. A pesar de la poca ren­ta­bi­li­dad de algu­nas series en su país, la HBO sabe que el nego­cio está en la expor­ta­ción. El tra­bajo sucio de su éxito lo lleva a cabo la cul­tura esta­dou­ni­dense por sí misma, que, no nos enga­ñe­mos, ya es la nues­tra. Una fuerza de tal cali­bre que logra que el espec­ta­dor glo­bal sienta más empa­tía hacia Tony Soprano o David Fis­her y se aleje de una fic­ción nacio­nal que intenta imi­tar­los a la vez que los censura.

Muchas de estas series tie­nen un ele­mento que no ha sido lo sufi­cien­te­mente estu­diado. La mayo­ría de sus escri­to­res no vie­nen de Holly­wood, ni tam­poco del mun­di­llo lite­ra­rio de Nueva York. No han sufrido la ino­cu­la­ción de la pre­sión de los prees­tre­nos ni al pro­duc­tor con pre­ten­sio­nes artís­ti­cas. Esta liber­tad genera tal nivel de exi­gen­cia que con­vierte al escri­tor en un sho­wrun­ner, figura tele­vi­siva inexis­tente en Europa que supera en jerar­quía al direc­tor y per­mite asu­mir labo­res de pro­duc­ción. “Que se joda el lec­tor medio”, sen­ten­ció en una oca­sión David Simon, crea­dor de The Wire y Treme. Auto­res como Daniel Knauf (Car­ni­vàle), Nic Pizo­latto (True Detec­tive) o el pro­pio Simon habían nacido res­pec­ti­va­mente en mun­dos tan aje­nos como el de los segu­ros de salud, la docen­cia y el perio­dismo. Lim­pios del pecado ori­gi­nal de sus com­pa­ñe­ros de pro­fe­sión, pudie­ron desa­rro­llar su tra­bajo sin miedo a los audí­me­tros y con­ver­tirse en seres crí­ti­cos en un ambiente indiferente.

En este sen­tido, a pesar del intere­sante amago que supuso la adap­ta­ción de Cre­ma­to­rio, la novela de Rafael Chir­bes, la fic­ción espa­ñola vive anclada en una medio­cri­dad volun­ta­ria. Resulta eco­nó­mi­ca­mente ren­ta­ble y su cali­dad no es menor res­pecto a la de los paí­ses del entorno (con la excep­ción bri­tá­nica, por supuesto) en su apuesta caver­ní­cola. Las pro­duc­to­ras no nece­si­tan asu­mir ries­gos inne­ce­sa­rios, el mer­cado no da para cana­les de pago sol­ven­tes y lo del pres­ti­gio es un eufe­mismo en una cuenta de resul­ta­dos. Fer­nando Fer­nán Gómez dijo eso de “el tea­tro son unas seño­ras”; pues la tele­vi­sión en España es más o menos eso. Sin embargo, algo está cam­biando. Las nue­vas gene­ra­cio­nes fían sus deseos de fic­ción a las des­car­gas de inter­net, algo que puede gene­rar una psi­co­sis en pro­gra­ma­do­res y anun­cian­tes. La lucha por la audien­cia dejará de ser un enfren­ta­miento a campo abierto entre ejér­ci­tos para evo­lu­cio­nar hacia una gue­rra de guerrillas.

Esto sin duda esti­mu­la­ría la pro­duc­ción de guio­nes con tra­ta­mien­tos más rea­lis­tas. Lo ideal sería mos­trar desde los aspec­tos más opa­cos de la socie­dad hasta bur­las con­tra colec­ti­vos pro­te­gi­dos por esa correc­ción que inunda todos los ámbi­tos sin que los comi­sa­rios polí­ti­cos de las audien­cias entra­ran en parada car­dio­rres­pi­ra­to­ria. Enton­ces el escri­tor podría pasar del actual quiero joder con el lec­tor medio al citado que se joda de Simon. Puta, sí, pero dominatrix.

JORGE BENÍTEZ MONTAÑÉS

Portada 251Una ver­sión de este artículo ha sido publi­cada en el número de abril de 2014, 251, de la Revista LEER (cóm­pralo en tu quiosco, en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE, o mejor aún, sus­crí­bete).