Un poeta sin generación

Con la muerte, ayer, de Leo­poldo María Panero queda ago­tada la saga mal­dita por exce­len­cia de nues­tras Letras. Hace pocos meses falle­cía su her­mano Juan Luis, y JAVIER HUERTA le reivin­di­caba, con este exhaus­tivo repaso de su obra en las pági­nas de LEER (noviem­bre de 2013, número 247), como una de las voces poé­ti­cas más genui­nas de su gene­ra­ción, más allá de mal­di­tis­mos pirotécnicos.
 

Luego de tan­tos jue­gos para apla­zar la muerte, “jocs per ajor­nar la mort”, por decirlo con el verso de su admi­rado Joan Vin­yoli, acaba de irse el poeta Juan Luis Panero. Desde hace años vivía reti­rado en el pue­blo gerun­dense de Torroe­lla de Mont­grí, al mar­gen de todo, de las mise­rias de la vida lite­ra­ria y de las pro­pias fami­lia­res. De algu­nas de ellas alar­deó, de modo inte­li­gente y cínico, es decir, haciendo tea­tro, en El desen­canto, la pelí­cula que hizo de los Panero un espec­táculo que tras­cen­dió la lite­ra­tura para con­ver­tir a esa fami­lia de gran­des escri­to­res en uno de los fenó­me­nos socio­ló­gi­cos más curio­sos de la Tran­si­ción (véanse los núme­ros 190 y 191 de Leer).

Pero, como en todo espec­táculo que se pre­cie, con aquel memo­ra­ble filme de Chá­va­rri llegó tam­bién la tri­via­li­za­ción. Se tri­via­lizó, sobre todo, la figura del padre, Leo­poldo Panero, con­de­nado al infierno de los poe­tas fran­quis­tas, hasta el punto de con­ver­tirlo en el chivo expia­to­rio de la lite­ra­tura pro­du­cida durante aquel régi­men. En la His­to­ria (delez­na­ble y esta­li­nista) de la lite­ra­tura fas­cista espa­ñola, de Julio Rodrí­guez, puede verse la sem­blanza de muchos poe­tas, nove­lis­tas y ensa­yis­tas que fue­ron bas­tante más fran­quis­tas de lo que lo fue Panero pero que murie­ron en olor de san­ti­dad demo­crá­tica solo por haber des­a­pa­re­cido a su debido tiempo, es decir, ya vie­jos y con la con­cien­cia bien des­car­gada y redimida.

Traigo esto a cola­ción, por­que en cuan­tas sem­blan­zas necro­ló­gi­cas de Juan Luis se han publi­cado durante los días que han seguido a su muerte no ha fal­tado la ya can­sina refe­ren­cia al padre como el poeta ofi­cial del fran­quismo. Y lo señalo tam­bién por­que de esa bana­li­za­ción no se han sal­vado tam­poco ni Leo­poldo María, todo un espec­táculo lírico y paté­tico en sí mismo, ni el pro­pio Juan Luis, cuya obra lite­ra­ria, seria y rigu­rosa como pocas, para nada se com­pa­dece con la ima­gen his­trió­nica que ofre­ció tanto en El desen­canto como en la frus­trada segunda parte de Ricardo Franco, Des­pués de tan­tos años. Él mismo lo deja meri­dia­na­mente claro en su libro de ensa­yos, Los mitos y las más­ca­ras (1994), al con­si­de­rar ambos fil­mes como meros ritua­les de más­ca­ras y cues­tio­nar, por tanto, su valor docu­men­tal, pues que “tes­ti­mo­nian poco, bas­tante menos que algu­nos poe­mas”. Bus­que­mos, pues, al ver­da­dero Juan Luis Panero no en aque­llas anec­dó­ti­cas actua­cio­nes, cuando se ves­tía de cow­boy o reme­daba la voz de Jorge Luis Bor­ges, sino en su pala­bra poé­tica, o sea, en su verdad.

Juan Luis paseando por las calles de Astorga en 'El desencanto'.

Juan Luis paseando por las calles de Astorga en “El desencanto”.

Juan Luis Panero debe­ría haber entrado con todos los hono­res en la emble­má­tica anto­lo­gía de José María Cas­te­llet, Nueve noví­si­mos. Por edad, por su modo reno­va­dor de afron­tar el len­guaje frente al sermo vul­ga­ris de la poe­sía social, por su for­ma­ción cos­mo­po­lita, pró­diga en lec­tu­ras, y hasta por la ins­pi­ra­ción vene­ciana de bas­tan­tes de sus poe­mas, Juan Luis hubiera mere­cido un hueco en aque­lla his­tó­rica colec­ción. Sin embargo, el crí­tico cata­lán se inclinó por su her­mano Leo­poldo María, el último poète mau­dit, como se le ha defi­nido hasta el har­tazgo. Cierto es que dos Panero entre los nueve noví­si­mos hubie­ran des­equi­li­brado aquel afor­tu­nado invento, pero no es menos cierto que la deci­sión hubiera sido más acer­tada. El tiempo ha demos­trado que, fuera de tres o cua­tro nom­bres impor­tan­tes, el resto de los inclui­dos ha des­a­pa­re­cido del pano­rama lírico contemporáneo.

Las posi­cio­nes mar­gi­na­les tie­nen, sin embargo, su con­tra­par­tida favo­ra­ble, pues sir­ven para afian­zar la indi­vi­dua­li­dad, la inde­pen­den­cia, tam­bién el escep­ti­cismo. En varias oca­sio­nes Juan Luis Panero declaró estar con­ven­cido de que su gene­ra­ción era infi­ni­ta­mente infe­rior a la de los 50 (Gil de Biedma, Valente, Cos­ta­freda, Bri­nes, Ferra­ter…). Tal vez por ello buscó con­suelo en otras lite­ra­tu­ras. La anglo­sa­jona le com­pla­cía en extremo, tal vez por haber tenido la opor­tu­ni­dad de cono­cer de niño nada menos que a T.S. Eliot, como recuerda en uno de sus mejo­res poe­mas, “Gale­ría de fantasmas”:

Da las bue­nas tar­des al señor Eliot
–mi padre y aquel edu­cado espantapájaros,
sen­ta­dos en sus buta­cas de cuero, hablando en un extraño idioma–,
en el 102 de Eaton Square. Lon­dres 1947.

En aque­lla época su padre ejer­cía de direc­tor del Ins­ti­tuto de España en la capi­tal del Táme­sis, y se dedi­caba a tra­du­cir, en com­pa­ñía de Dámaso Alonso y José Anto­nio Muñoz Rojas, al pro­pio Eliot.

Fue tam­bién por esos años cuando Juan Luis cono­ció tam­bién al ya poé­ti­ca­mente sajo­ni­zado Cer­nuda, el poeta espa­ñol a quien más admiró, a veces con una devo­ción en exceso mimé­tica, como lo prue­ban estos ver­sos saca­dos al azar de su pri­mer libro, A tra­vés del tiempo: “La raza de mirada vacuna y alta­nero gesto / cuyo esplen­dor tan­tas voces can­ta­ron […]”;  “Terri­bles son las pala­bras de los aman­tes / cuando llega la desolada hora de la sepa­ra­ción”; “Dura ha de ser la vida para ti, / que a una extraña hon­ra­dez sacri­fi­caste tus creen­cias”. De Cer­nuda apren­dió Panero una doble lec­ción: esté­tica, que le per­mi­tió domar el estilo, rehu­yendo el pre­cio­sismo ver­bal a que tan dado ha sido nues­tra poe­sía desde el Barroco a las van­guar­dias; y tam­bién ética, en cuanto vida ejem­plar  –“la sole­dad de la inte­li­gen­cia”, en sus pro­pias pala­bras–, mere­ce­dora por ella de per­ma­nente recor­da­ción: “Que esa pre­sen­cia, esa memo­ria me acom­pa­ñen / hasta el día en que sean reflejo fiel, / tes­ti­mo­nio inú­til de un sueño derro­tado / y una mano cie­rre mis ojos para siempre”.

No deja de ser curioso que, para ejem­pli­fi­car la unión de vida y poe­sía en Cer­nuda, se valiera Juan Luis del impre­sio­nante verso de la Epís­tola moral a Fabio –“iguala con la vida el pen­sa­miento”–  que su padre para­fra­seó ad nau­seam en poe­mas y ensa­yos. No en balde, Leo­poldo Panero había des­cu­bierto, mucho antes que el poeta sevi­llano, a los román­ti­cos ingle­ses  –Keats, She­lley, Words­worth–, en los que apren­dió el tono con­ver­sa­cio­nal del verso y, desde luego, el sen­tido moral que toda poe­sía que se pre­cie debe alen­tar, en cuanto “cri­ti­cism of life”  –en la defi­ni­ción de un Arnold–, y que en España con­taba con una tra­di­ción arrai­gada de signo estoico, de Jorge Man­ri­que a Anto­nio Machado. Aun cuando Juan Luis abo­mi­naba de todo mora­lismo, su poe­sía no es, en el fondo, sino una grave refle­xión ética sobre el paso inexo­ra­ble del tiempo, la sen­sa­ción de fra­caso, el sen­ti­miento de melan­co­lía y la fas­ci­na­ción por la muerte; una muerte con­tem­plada, eso sí  –y es esta una dife­ren­cia radi­cal con la posi­ción de su padre–,  al mar­gen de todo tras­cen­den­ta­lismo religioso.

Portadas de LEER (números 154 y 190) dedicadas a los Panero.

Por­ta­das de LEER (núme­ros 154 y 190) dedi­ca­das a los Panero.

Desola­ción y melan­co­lía
Los títu­los de sus libros resu­men bien esa tópica: A tra­vés del tiempo (1968), Los tru­cos de la muerte (1975), Desa­pa­ri­cio­nes y fra­ca­sos (1978), Antes que lle­gue la noche (1985), Gale­ría de fan­tas­mas (1988), Los via­jes sin fin (1993), Enig­mas y des­pe­di­das (1999). Raro es el poema que no tiene como refe­rente otro poema, una novela, una obra tea­tral, una pin­tura, una pelí­cula, un hecho his­tó­rico… Como ya se ha dicho, buscó fuera sus fuen­tes ins­pi­ra­do­ras –Ezra Pound, Scott Fitz­ge­rald, Pes­soa, Kava­fis, Camus–  y de den­tro sólo apre­ció casos excep­cio­na­les: Valente, del que ter­mi­na­ría rene­gando; su pro­pio padre, al que dedicó una sen­tida ele­gía “al lle­gar el cuarto aniver­sa­rio” de su muerte y, por supuesto, Cer­nuda, pre­sen­cia explí­cita e implí­cita en los ver­sos blan­cos y libres del pri­mer poemario:

Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir el deseo,
la juven­tud, todo aque­llo que fuiste,
y bus­car sin pasión tu reposo
en la sorda ter­nura de lo débil,
en la gris des­truc­ción que alguna vez amaste.

En Los tru­cos de la muerte incide en esta misma temá­tica pero de un modo más des­ga­rrado, tal vez por su estan­cia pro­lon­gada en paí­ses como Colom­bia o México. El libro con­voca las pre­sen­cias de quie­nes gus­ta­ron de jugar con la muerte, como Heming­way, Trakl, Crane, Mont­her­lant, LowryEl ima­gi­na­rio mexi­cano, con sus maca­bras que­ren­cias, ter­mina por impo­nerse en los momen­tos más ins­pi­ra­dos:

Cuando tocas la copa de cris­tal, tocas la muerte,
en el tequila trans­pa­rente, en el mez­cal amargo, bebes la muerte,
en tu frente y en mis manos, en los ojos que miran,
un desierto se agrieta con muño­nes de muerte.

A la poe­sía de Mal­colm Lowry  –insig­ni­fi­cante, desde luego, al lado de sus nove­las– vol­vió en los últi­mos años con su tra­duc­ción de El trueno más allá del Popocatépetl.

El pesi­mismo arre­cia en el poe­ma­rio siguiente, de título desola­dor, Desa­pa­ri­cio­nes y fra­ca­sos. El viejo Pound, olvi­dado de todos en su rin­cón de Vene­cia, se yer­gue como otro “alto ejem­plo” de gran­deza moral ante la adver­si­dad, del poder de la escri­tura sobre la muerte:

por­que no conozco otro medio, a excep­ción del suicidio
–inne­ce­sa­rio es un poema como un cadáver–,
para dar tes­ti­mo­nio de nada a nadie,
del mundo que con­tem­plo, de esta vida,
de su horror gas­tado y cotidiano.

En este y otros libros Juan Luis poe­tiza el mundo ima­gi­na­rio del desen­canto, las gran­des fami­lias rotas  –él las cono­cía bien por parte de padre y madre–, los ambien­tes de deca­den­cia… Corre por estos ver­sos un aire che­jo­viano, como de fin de siglo, tal como recrea en un poema home­naje al que fuera su amigo, el direc­tor José Luis Alonso, pri­mer gran intér­prete de Ché­jov en la escena española.

En todos esos regis­tros, aun­que ya sin nove­da­des des­ta­ca­bles, incide el último poe­ma­rio de Juan Luis Panero: Enig­mas y des­pe­di­das. Su título no puede ser más con­clu­yente. El tono ele­gíaco se inten­si­fica en la evo­ca­ción de algu­nos gran­des lati­noa­me­ri­ca­nos –Rulfo, Bor­ges–, pero tam­bién de algu­nos menos cono­ci­dos, como Pedro Gómez Val­de­rrama o Gas­tón Baquero; otra heren­cia de su padre, más amado que odiado, en mi opi­nión. Y, al final, un epi­ta­fio, tam­bién marca de la casa, con remate gar­ci­la­siano incluido:

Des­pués de sucios tra­tos y mentiras,
de ges­tos a des­tiempo y de palabras
–irrea­les pala­bras ilu­so­rias–,  sólo un tes­ta­mento de ceniza
que el viento mueve, esparce y desordena.

JAVIER HUERTA CALVO

Este artículo fue publi­cado ori­gi­nal­mente en el número 247 de la Revista LEER, corres­pon­diente al mes de noviem­bre de 2013 (com­pra la ver­sión digi­tal o mejor aún, sus­crí­bete).

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