Revista leer
Con oca­sión de la muerte de Leo­poldo María Panero, recu­pe­ra­mos este texto de JAVIER HUERTA incluído en el número de marzo de 2008 de LEER, dedi­cado a los Panero con oca­sión de la publi­ca­ción de las Obras Com­ple­tas del patriarca del trá­gico clan.
 

El des­tino ha ter­mi­nado por con­fun­dir­los en los catá­lo­gos de las biblio­te­cas, los indi­ces ono­más­ti­cos y hasta en la pro­pia Red. Sin embargo, sus voces poé­ti­cas no pue­den ser más diso­nan­tes entre sí. Leo­poldo fue uno de los poe­tas mejo­res de la pro­mo­ción del 36, y Leo­poldo María, uno de los noví­si­mos más ori­gi­na­les de aque­lla otra que «inven­tara» Cas­te­llet a prin­ci­pios de los 70. panero2 Leo­poldo fue de los pri­me­ros en huma­ni­zar la poe­sía según el sen­dero abierto por su maes­tro, Anto­nio Machado; en cam­bio, la pala­bra de Leo­poldo María, en con­so­nan­cia con unos tiem­pos más cos­mo­po­li­tas e ico­no­clas­tas, poco dados a los desaho­gos sen­ti­men­ta­les y socia­les, es radi­cal­mente anti­ma­cha­diana. Mien­tras que la voz del padre buscó ince­san­te­mente a Dios, la del hijo, de estirpe bau­de­le­diana, tiene en Satán su cóm­plice más leal a la hora de explo­rar los abis­mos. Y, sin embargo, padre e hijo ofre­cen más de un inquie­tante para­le­lismo. Leo­poldo hizo del mundo fami­liar uno de sus temas más recu­rren­tes: padres, her­ma­nos, esposa, hijos… Leo­poldo María, en sus años pri­me­ros, le ins­piró alguno de estos poe­mas, así el titu­lado «Intro­duc­ción a la igno­ran­cia» de Escrito en cada ins­tante, una suerte de nana en verso libre que vin­dica la belleza de la inocen­cia. Poco antes de su muerte y como pre­viendo un futuro de desen­gaño, el toda­vía muy joven Leo­poldo dictó su pro­pio «Epitafio»:

Ha muerto
acri­bi­llado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dul­ce­mente azules
y con el cora­zón más tran­quilo que otros días,
el poeta Leo­poldo Panero,
que nació en la ciu­dad de Astorga
y maduró su vida bajo el silen­cio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
ven­da­dos sus ojos,
espera la resu­rrec­ción de la carne
aquí, bajo esta piedra
 

Y como un buen hijo no puede dejar de con­tes­tar al padre, aun­que sea mediante una carta a lo Kafka, Leo­poldo María Leo­poldo María le corres­pon­dió glo­sando este impre­sio­nante epi­ta­fio en un poema de su libro Teo­ría (1973). Siem­pre esca­to­ló­gico, en el doble sen­tido que esta pala­bra tiene, en él ima­gina un futuro de de con­vi­ven­cia con el padre, en una situa­ción de amor y odio a un tiempo:

Solos tú y yo, irremediablemente
uni­dos por la muerte: tor­tu­ra­dos aún por
fan­tas­mas que deja­mos con torpeza
ara­ñar­nos el cuerpo y luchar por los des­po­jos del suda­rio, pero ambos muer­tos, y seguros
de nues­tra muerte

al final, este des­ga­rrado poeta, ya topi­ca­mente con­si­de­rado como el último mal­dito de nues­tras Letras, expresa un deseo pós­tumo, aún no cumplido:

Que­dar­nos
a salvo de los hom­bres para siempre,
solos tú y yo, mi amada,
aquí, bajo esta piedra

JAVIER HUERTA CALVO

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Este artículo fue ori­gi­nal­mente publi­cado en el número 190 de LEER, corres­pon­diente al mes de marzo de 2008.