La tarea del superviviente

Chil Raj­ch­man nació en 1914 y murió en 2004, a los noventa años. Cien años nos sepa­ran, por tanto, de su naci­miento y diez de su muerte. Estas cir­cuns­tan­cias no pasa­rían de meras anéc­do­tas si Raj­ch­man no hubiera dejado en su tes­ta­mento el deseo de que sus “memo­rias de Tre­blinka” fue­ran publi­ca­das des­pués de su muerte: deseo que se cum­plió en el año 2009 en Édi­tions Les Arè­nes y que ahora tiene su réplica en la espa­ñola Seix Barral.

treblinka_9788432221118Tre­blinka, que es como se ha dado título a estas memo­rias, viene acom­pa­ñado de un texto que Vasili Gross­man publicó en 1958 sobre el campo de exter­mi­nio, en el que des­cribe con pre­ci­sión de ciru­jano la per­fecta maqui­na­ria de matar que las SS mon­ta­ron “en un terreno de are­na­les, pan­ta­nos, espe­sos bos­ques, poco poblado y triste, a sesenta kiló­me­tros de Var­so­via” para aca­bar en trece meses con tres millo­nes de seres humanos.

Recor­de­mos que Gross­man (1905–1964), autor de la obra de refe­ren­cia Vida y Des­tino, fue corres­pon­sal de gue­rra del Ejér­cito Rojo en las prin­ci­pa­les bata­llas de la Segunda Gue­rra Mun­dial y uno de los pri­me­ros en escri­bir sobre los cam­pos de exter­mi­nio y denun­ciar el Holo­causto. Tras la libe­ra­ción de Tre­blinka escri­bió este sober­bio texto en el que alerta sobre la nece­si­dad de con­tar el horror y la igno­mi­nia y hacerlo de la forma más dura y exacta posi­ble: “La mera lec­tura de estas cosas es terri­ble­mente dura. Pero que el lec­tor me crea: no es menos duro escri­bir­las. Es posi­ble que alguien se pre­gunte: ¿Para qué escri­bir, para qué recor­dar todo esto?”.

Y un poco más abajo: “El deber del escri­tor es el de con­tar la espan­tosa ver­dad, y el deber del ciu­da­dano, del lec­tor, es cono­cerla. Todo aquel que vuelve la cabeza, que cie­rra los ojos y pasa de largo ofende la memo­ria de los caídos”.

Con una refle­xión pare­cida aca­ban las memo­rias de Chil Raj­ch­man: “Sí, sobre­viví y me encuen­tro entre hom­bres libres. Pero a menudo me pre­gunto a mí mismo ¿para qué? Para con­tar al mundo qué fue de los millo­nes de víc­ti­mas ase­si­na­das, para ser un tes­tigo de la san­gre inocente que derra­ma­ron las manos de los ase­si­nos. ¡Sí, sobre­viví para ser un tes­tigo de Tre­blinka, esa gran carnicería!».

Otra vez la nece­si­dad de con­tar lo que ocu­rrió, de fijarlo en pala­bras para que la memo­ria no sufra ni inje­ren­cias ni ata­ques pro­gra­ma­dos ni sea víc­tima de la pereza. Por mucho que se haya escrito, inter­pre­tado y hasta rein­ven­tado sobre una de las mayo­res mons­truo­si­da­des que han ocu­rrido en la His­to­ria de la Huma­ni­dad, la des­crip­ción del horror, su lec­tura, sigue helando la san­gre como si fuera la pri­mera vez y nos acerca de nuevo a la línea que separa la civi­li­za­ción de la bar­ba­rie sin contemplaciones.

El mismo relato: desde la pers­pec­tiva del corres­pon­sal, tes­tigo pos­te­rior, que uti­liza la con­tun­den­cia de la pala­bra, su belleza incluso, para denun­ciar la ver­dad que ofende al inte­lecto y repugna al alma; desde la pers­pec­tiva del super­vi­viente (des­pués de rea­li­zar dis­tin­tos tra­ba­jos en el com­plejo de la muerte, Raj­ch­man con­si­guió esca­par con varios com­pa­ñe­ros tras incen­diar las ins­ta­la­cio­nes y matar a un buen número de guar­dia­nes; los per­si­guie­ron, pero él pudo librarse), víc­tima del mal­trato cons­tante, reo de una muerte segura, tes­tigo anti­ci­pado de su pro­pia diso­lu­ción, que des­huesa las pala­bras en busca de la misma con­tun­den­cia y las des­poja de toda lite­ra­tura o res­ti­tu­yén­dola por otra que se hunde en el fango de la barbarie.

Muchos se sui­ci­da­ron antes de ser eje­cu­ta­dos en los cam­pos de exter­mi­nio. Otros no pudie­ron sopor­tar la carga de la memo­ria y tam­bién lo hicie­ron des­pués de haber esca­pado de la muerte programada.

Raj­ch­man sobre­vi­vió y nos dejó su tes­ti­mo­nio. No debió de ser fácil. La memo­ria es per­sis­tente, la culpa pun­zante y los sue­ños tam­bién se que­man entre cadá­ve­res inocen­tes que aún gri­tan de dolor y no obtie­nen res­puesta. No sé a qué hue­len los sue­ños; pero sí a qué saben las pala­bras que nos indi­can que no debe­mos bajar la guar­dia: la línea que separa la civi­li­za­ción de la bar­ba­rie es tan del­gada como el filo de la maldad.

Así pues, cele­bre­mos la salida de este libro que nos con­duce a la ver­dad a tra­vés del dolor que no nos es nuevo, y no olvi­de­mos que aque­llo exis­tió. Los aniver­sa­rios están al menos para ayu­dar a la memoria.

AURELIO LOUREIRO

Frag­mento del tes­ti­mo­nio de Abraham Bomba, bar­bero y super­vi­viente de Tre­blinka, en el filme de Claude Lanz­mann Shoah.

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