Ender a través del espejo

Con motivo del estreno, el pasado mes de noviem­bre, de “El juego de Ender”, LEER con­versó con Gavin Hood, su direc­tor, acerca de las suti­le­zas de la adap­ta­ción del best-seller de Orson Scott Card. Res­ca­ta­mos aquel texto de MAICA RIVERA coin­ci­diendo con el lan­za­miento del filme en DVD.
 
ENDER'S GAME

 

Ser fiel al tono de la novela. Ése era el mayor reto, supe­rado con cre­ces por la adap­ta­ción cine­ma­to­grá­fica de El juego de Ender. Debió de resul­tar un tra­bajo com­pli­cado por­que el épico Ender es un per­so­naje muy con­te­nido en el bes­tse­ller de Orson Scott Card, pero eso no cons­ti­tuyó sino un incen­tivo para el direc­tor y guio­nista Gavin Hood, que siem­pre ha gus­tado de “los libros con pro­ta­go­nis­tas com­ple­jos, cuyas his­to­rias son mucho más gratificantes”.

Así se con­fesó a LEER, entu­sias­mado de no aban­do­nar nues­tro país sin antes tener una “esti­mu­lante con­ver­sa­ción” sobre el pro­ceso crea­tivo de con­ver­sión al cine, “como en mis talle­res de escri­tura”, apuntó. Por cierto, fes­tejó la noti­cia cuando le noti­fi­ca­mos el vere­dicto de apro­ba­ción que, para el número de octu­bre (246), nos dio el pro­pio Card res­pecto al filme. El pro­lí­fico autor apre­ció sin titu­beos el ejer­ci­cio de sín­te­sis sobre su novela, publi­cada hace casi treinta años (aun­que el cuento ori­gi­nal data de 1977), en esta pelí­cula que llega pro­ta­go­ni­zada por un acer­tado Asa But­ter­field. Sí, defi­ni­ti­va­mente este joven actor inglés era el niño pro­di­gio Ender Wig­gin cuyo adve­ni­miento lle­vá­ba­mos dema­sia­dos años aguar­dando, intro­ver­tido pero lúcido estra­tega, reclu­tado por el estricto coro­nel Hyrum Graff y la Flota Inter­na­cio­nal (¡intenso Harri­son Ford, en buena com­pa­ñía de Ben Kings­ley!) para unirse a la elite de la Escuela de Bata­lla y pre­pa­rar el enfren­ta­miento con­tra la raza extra­te­rres­tre de los insec­to­res.

Más que mere­cido es el reco­no­ci­miento a la honesta labor pro­fe­sio­nal de Hood, quien reme­moró para LEER sus cába­las ini­cia­les: “La pelí­cula se iba a desa­rro­llar en dos horas de metraje frente a las quince de lec­tura del libro, cen­trado, por su parte, en lo que piensa el per­so­naje prin­ci­pal… ¿Cómo com­pri­mirlo y con­se­guir trans­mi­tir todo el mundo inte­rior del pro­ta­go­nista?”. Se des­cartó la voz en off de Orson Scott Card por­que hacía per­der fuerza y ritmo a la narra­ción. El resto de las solu­cio­nes se fue­ron enca­de­nando sobre una pre­misa básica: “Res­pe­tar los temas clave y que el espec­ta­dor expe­ri­men­tase la misma emo­ción que el lec­tor con la lec­tura”. En este come­tido, “un solo plano de ros­tro hubo de bas­tar a veces para mos­trar todo lo que Ender sen­tía, algo que Card había tenido la opor­tu­ni­dad de expli­car en muchas líneas de texto”. Y sí, esto fue posi­ble, como lo es “cubrir párra­fos de novela con un segundo de ima­gen si el actor es bueno y el rodaje, adecuado”.

A pesar de tener las ideas muy cla­ras, el cineasta ase­guró haberse sen­tido abru­mado: legio­nes de segui­do­res de la saga lle­va­ban mucho tiempo espe­rando el gran acon­te­ci­miento. “Aún siento esa pre­sión”, declaró. Pero un fac­tor defi­ni­tivo jugaba a su favor: “¡Yo tam­bién soy un fan del libro!”. Por eso dis­frutó tanto de tener el con­trol total sobre todo el pro­ceso y así lo mani­festó: “Me ha gus­tado mucho ser el guio­nista por­que mi lucha pre­via con el texto para con­ver­tir la novela en guión me garan­tizó poder man­te­ner des­pués el tono en todo momento y sen­tirme ple­na­mente pre­pa­rado a la hora de trans­mi­tír­selo a los actores”.

DOS

 Res­pecto a la licen­cia más lla­ma­tiva, el direc­tor sub­rayó la nece­si­dad de “trans­for­mar la oscura sala de bata­lla del libro en un recinto con dife­rente ambien­ta­ción para cada enfren­ta­miento”. Lo que había sido inne­ce­sa­rio con­tar sobre papel pasaba a ser una exi­gen­cia: “Tenía­mos que ser deta­llis­tas, espe­cial­mente mediante la ilu­mi­na­ción, con­si­guiendo un efecto mucho más cine­ma­to­grá­fico con los per­so­na­jes flo­tando”. De manera que, “la pri­mera vez, la sala apa­re­ció muy ilu­mi­nada, con la Tie­rra verde debajo; la siguiente oca­sión  fue más román­tica, But­ter­field a solas con Hai­lee Stein­feld a la luz de la luna; des­pués, en la bata­lla con­tra la escua­dra Sala­man­dra, hubo luz cálida; y en la bata­lla final, una recrea­ción en la oscu­ri­dad”. Y así se con­si­guió que “cada com­bate trans­mi­tiera las dis­tin­tas sen­sa­cio­nes con las que Orson Scott Card había des­crito cada pasaje”.

La otra licen­cia des­ta­cada llegó con “la secuen­cia de la simu­la­ción”. Para rodarla, el cineasta tuvo una doble ins­pi­ra­ción: “Por un lado, una visita al pla­ne­ta­rio me llevó a inten­tar mos­trar en tres dimen­sio­nes un efecto pare­cido al que había visto; por otro, mi expe­rien­cia en un con­cierto me hizo desear plas­mar la ima­gen de un enér­gico direc­tor de orquesta”. De esta forma, deter­minó que “Ender sería ese direc­tor y los sol­da­dos, sus músi­cos”. Y, des­pués, aña­dió a la coc­te­lera “el len­guaje ges­tual que uti­li­za­mos con el iPad”.

Hood apro­ve­chó para des­pe­jar cual­quier duda sobre la lim­pia cone­xión de su dis­curso, sin efec­tismo ni afec­ta­ción, con las obse­sio­nes capi­ta­les de Card como el lide­razgo: “su rele­van­cia se man­tiene a tra­vés de una explo­ra­ción de temas deli­ca­dos, refle­xio­nes en torno a qué ocu­rre si reci­bes una orden que te parece inmo­ral o si pue­des cues­tio­nar al líder y des­obe­de­cer”. Por­que lo intere­sante (y aquí parece escu­charse el eco de las pala­bras del escri­tor) no es sólo lide­rar a otros sino tam­bién “lide­rarte a ti, en eso con­siste ver­da­de­ra­mente el viaje de Ender, en tomar res­pon­sa­bi­li­dad sobre las pro­pias deci­sio­nes mora­les ya que las mayo­res bata­llas son siem­pre con uno mismo en las gran­des obras”. El rea­li­za­dor no quiso dejar pasar la opor­tu­ni­dad de des­ta­car el peso de otras “temá­ti­cas de actua­li­dad, espe­cial­mente can­den­tes entre los jóve­nes: el juego como reali­dad, la gue­rra como juego, el juego como gue­rra y la gra­ve­dad de que sus líneas de deli­mi­ta­ción sean cada vez más convergentes”.

MAICA RIVERA (@maica_rivera)

Una ver­sión de este artículo fue publi­cada ori­gi­nal­mente en el número de noviem­bre de 2013, 247, de la Revista LEER.

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