Albiac: 11-M sin memoria

En las primeras semanas de febrero, Fernando García Mozo recorría y documentaba para LEER los escenarios vinculados a la memoria del 11-M: los espacios ferroviarios donde tuvo lugar la masacre y los monumentos conmemorativos que recuerdan a las víctimas, los "ausentes" que ponen nombre al jardín del Retiro (arriba) plantado en su memoria. Una selección de su trabajo ilustra este artículo, la portada y las páginas del número de marzo de 2014 de LEER.

La memo­ria rechaza las derro­tas. Y las cobar­días. Es parte del ins­tinto de super­vi­ven­cia humano. Uno puede lle­var con­sigo sus tra­ge­dias: por­que en la tra­ge­dia hay un com­po­nente moral y épico deci­sivo. Cuando Hero­doto narra la muerte de los mejo­res de los grie­gos, bajo el mando de Leó­ni­das, a manos de los per­sas, puede cerrar la derrota con una refle­xión exal­tante, la que figura en el monu­mento a sus héroes: “Cua­tro mil pelo­po­ne­sios com­ba­tie­ron aquí con­tra tres millo­nes de hom­bres. Paseante, ve a decir a los lace­de­mo­nios que repo­sa­mos en este lugar por haber sido fie­les a sus leyes”.

Pero para la cobar­día o para la indig­ni­dad no hay jamás relato. La memo­ria lo borra. O lo trans­forma en otra cosa. Nadie acepta tener per­ma­nen­te­mente ante los ojos la vergüenza.

El 11 de marzo de 2004 fue una tra­ge­dia. Dos­cien­tas per­so­nas sal­va­je­mente ase­si­na­das. Y, como tal, hubiera podido dar lugar a refle­xión o relato épico. Si no lo hubo, es por­que, en el ima­gi­na­rio espa­ñol, el 11-M es, ante todo, otra cosa: la mate­rial cons­tan­cia de una cobar­día. Y la ren­di­ción sin con­di­cio­nes que iba a venir 72 horas luego.

Poca cosa sabe­mos de lo que pasó ese día de hace diez años. Prác­ti­ca­mente, nada. De lo que vino luego, la cons­tan­cia no puede sino indu­cir­nos a la ver­güenza. Fue un golpe que trans­mutó el Estado. Exac­ta­mente como dice Gabriel Naudé que es lo pro­pio de lo que llama él “gol­pes de Estado”: rayo que ful­mina antes de que el trueno pueda escu­charse. La ful­mi­na­ción llevó al elec­to­rado espa­ñol a cam­biar masi­va­mente su voto. Para ren­dirse ante los hipo­té­ti­cos ata­can­tes, que hoy todos sos­pe­cha­mos mucho menos evi­den­tes de lo que enton­ces se nos impuso.

Nadie que­rrá recor­dar. En mucho tiempo. A dife­ren­cia de la abun­dan­cia y cali­dad de la biblio­gra­fía pro­du­cida tras el 11 de sep­tiem­bre neo­yor­kino, aquí ape­nas se ha publi­cado sobre los aten­ta­dos de Madrid nada que merezca algo mejor que el cubo de la basura. Ésa es la dife­ren­cia. Tras ser ata­ca­dos en su cora­zón urbano, los ciu­da­da­nos esta­dou­ni­den­ses supie­ron que debían dar bata­lla, que esa bata­lla sal­dría bien o mal, pero que no darla sería nece­sa­ria­mente pésimo. Noso­tros nos ins­ta­la­mos en lo pésimo. Hici­mos lle­gar al poder a gente inau­di­ta­mente inca­paz. Fui­mos humi­lla­dos y nos sen­ti­mos satis­fe­chos de serlo. Y ento­na­mos un enfermo canto de amor a nues­tros ase­si­nos. Lo pagamos.

Sí, ver­da­de­ra­mente, ¿quién sería capaz de afron­tar con luci­dez el recuerdo de aquello?

GABRIEL ALBIAC

Este artículo se publicó ori­gi­nal­mente en el número de marzo de 2014, 250, de la Revista LEER (adquíe­ralo en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE o sus­crí­base a LEER).

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