Selfies, o el contra-retrato

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Ha sido para los res­pon­sa­bles del dic­cio­na­rio Oxford la Pala­bra del Año 2013. No en vano la auto­foto (como pre­fiere Fun­deu), rea­li­zada con dis­po­si­tivo móvil para ser com­par­tida en la red social de turno es uno de los fenó­me­nos más intere­san­tes de era hiper­di­gi­tal. Por ello la idea de sel­fie pro­ta­go­niza la por­tada de nues­tro número sobre cul­tura digi­tal a cargo de Octa­vio Terol. Y por eso hemos puesto en manos de un bri­llante exé­geta de la cul­tura popu­lar como RAÚL MINCHINELA el escla­re­ci­miento del fenó­meno en este texto sin desperdicio.
 

Hay sel­fies de cara y de cuerpo, de tra­bajo y de asueto, de sole­dad y de com­pa­ñía. Hay gente que se auto­rre­trata por­que cam­bia su esce­na­rio, otra por­que cam­bia su cuerpo, y otra por­que todo sigue igual pero es lige­ra­mente dife­rente si le apli­cas un fil­tro de color. La vida es más bella con los tonos subidos, nues­tro ros­tro más suge­rente con las som­bras mar­ca­das, nues­tro men­saje al mundo mejor reci­bido con una sonrisa.

El fenó­meno sel­fie ha tomado las pri­me­ras pági­nas de los dia­rios, pero lleva años a pleno ren­di­miento en la socie­dad civil, esa que inter­ac­túa con sus con­gé­ne­res en la calle y en el aula pero tam­bién en las actua­li­za­cio­nes de per­fil y en los men­sa­jes de móvil. Tra­di­cio­nal­mente las sel­fies han sido des­de­ña­das usando tres argu­men­tos prin­ci­pa­les. Uno, pecado de vani­dad. Dos, bús­queda de noto­rie­dad. Tres, malin­ter­pre­ta­das en la tra­di­ción de los auto­rre­tra­tos. Uno puede enro­carse ahí: rela­cio­nar los ros­tros de Ins­ta­gram con el Auto­rre­trato gira­to­rio que se hizo Felix Nadar en 1865, decir que es más de lo mismo pero con gente más guapa que vive más lejos. Pero la pala­bra sel­fie no es un capri­cho momen­tá­neo para renom­brar lo de siem­pre, sino el tes­ti­mo­nio de un cam­bio de coordenadas. 

La exten­sión de las sel­fies es reflejo de otro pro­ceso suce­dido hace un siglo. Hasta Freud, la vida inte­rior era un pri­vi­le­gio de los ricos; luego, resultó que todos tenía­mos una. Lo señala Fer­nán­dez Porta en Emo­ció­nese Así (Anagrama, 2012) y lo apunta Gilles Deleuze en su Abé­cé­daire (Arte, 1996) cuando recuerda el pri­mer verano de vaca­cio­nes paga­das, el pri­mer año de obre­ros en las pla­yas, que causó el terror entre la bur­gue­sía. Antes, la intros­pec­ción era exclu­siva de las cla­ses altas, mien­tras el resto reco­rrían el día cabal­ga­dos en el pro­pio ago­ta­miento. La sel­fie es tes­ti­mo­nio de un giro simé­trico y para­lelo. Antes, tener ima­gen pública era pri­vi­le­gio de unos pocos; en la era digi­tal, resulta que todos tene­mos una.

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En enero de 2012, la escri­tora Lucía Etxe­ba­rría incen­dió las redes socia­les cuando “colgó” dos “sel­fies” –uno com­ple­ta­mente desunda que retiró inme­dia­ta­mente y este en ropa inte­rior– en su per­fil de Facebook.

La ima­gen pública está obli­gada en la inter­ac­ción digi­tal: cuando envías una carta, la acom­paña la minia­tura que te iden­ti­fica en las agen­das; cuando par­ti­ci­pas en un muro digi­tal, un ava­tar dis­tin­gue tus inter­ven­cio­nes. Hay datos que están res­trin­gi­dos para los ami­gos cer­ca­nos, otros que están dis­po­ni­bles para el visi­tante oca­sio­nal. Aún pen­sa­mos que tener una ima­gen pública es mol­dear una pro­yec­ción cohe­rente: pro­yec­tar un pres­ti­gio, pos­tu­larse como pro­ta­go­nista, man­te­ner una cam­paña. Pero en nues­tra era ya es ima­gen pública la que se for­mula con las peque­ñas cosas. El fondo de tu cuenta en Twit­ter, el icono de tu men­sa­je­ría. Es ima­gen que ofre­ces y que se pro­paga en el uso mismo de las cosas.

Los medios hablan de las sel­fies ilus­trando los artícu­los con gente mus­cu­lada foto­gra­fián­dose los abdo­mi­na­les y con famo­sas de pasa­rela com­pro­bando el ceñido del ves­tido en la cin­tura. Pocos han puesto las sel­fies de las tri­co­to­sas luciendo su última obra, las de estu­dian­tes posando con odia­dos apun­tes, las de con­va­le­cien­tes ates­ti­guando su ter­cer día de enfer­me­dad. La sel­fie solo es culto al cuerpo para quie­nes prac­ti­can el culto al cuerpo en su día a día. Por­que pre­ci­sa­mente las sel­fies son la herra­mienta de la con­ti­nui­dad, el dia­rio en la época de la ima­gen de bol­si­llo. Con las fotos se man­tiene el regis­tro de los días, se con­forma un dia­rio de la exis­ten­cia, que no es íntimo sino com­par­tido. Se hacen sel­fies en los encuen­tros fami­lia­res, en la abu­rrida sole­dad de los domin­gos, junto a los pla­tos lla­ma­ti­vos en el res­tau­rante, con el regalo reci­bido en cum­plea­ños, con tu último fra­caso en el bri­co­laje. La sel­fie, en suma, es lo con­tra­rio del retrato, por­que el retrato busca la obra sin­gu­lar mien­tras que la sel­fie es parte de una secuen­cia. Solo tiene sen­tido rodeada de las demás, arti­cu­lando una nor­ma­li­dad que se com­pone de aven­tu­ras y de acci­den­tes, de dis­pen­dios y de tiem­pos muer­tos. La sel­fie se ha malen­ten­dido en la dico­to­mía entre el ser y el pare­cer: la sel­fie es ser. Solo es pare­cer para quien pare­cer es impe­ra­tivo cate­gó­rico; o sea, para quien parece, tam­bién es ser.

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Sobran las pala­bras; para estos apren­di­ces de delin­cuen­tes la lla­mada del “sel­fie” fue más fuerte que la pru­den­cia ele­men­tal del ratero.

Las sel­fies se pue­den enten­der como los rever­sos de las pos­ta­les de las vaca­cio­nes, que tenían detrás una can­ti­nela homo­gé­nea: “Hola desde la playa ¿Qué tal? Por aquí todos bien”. La foto per­mite dar ese mismo tes­ti­mo­nio sin nece­si­dad de arti­cu­larlo, igual que pocos se des­via­ban de la fór­mula pos­tal. Si hubié­ra­mos podido apa­re­cer en el fron­tal de las pos­ta­les tal vez todas habrían cir­cu­lado en blanco. Por eso la pre­sen­ta­ción ofi­cial de las sel­fies son los pro­ver­bios, los con­se­jos, las fra­ses hechas, los lemas de auto­ayuda. Hoy es el pri­mer día del resto de tu vida; caerse está per­mi­tido, levan­tarse obli­ga­to­rio. A las fotos del día a día las acom­paña sabi­du­ría de galleta, con­se­jos de abuela, inter­ven­cio­nes de reper­to­rio, como rever­sos de una pos­tal donde el lugar donde esta­mos es el noso­tros del espejo. La foto refleja tu ánimo, da cuenta de lo que te rodea y ade­más te coloca en las cosas, te incluye como par­ti­ci­pante en lo suce­dido. Ese giro se nota en la calle: ahora al famoso que pasea no se le retrata cuando cruza la ave­nida –ese es el ofi­cio de los papa­razzi– sino que debe ser atra­pado en una sel­fie. Debe entrar en el encua­dre junto al pro­pie­ta­rio de la cámara. El autó­grafo te con­ver­tía en tes­ti­mo­nio, pero la sel­fie te hace partícipe.

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Sel­fies” este­la­res: el de la pri­mera minis­tra danesa con Came­ron y Obama en el fune­ral de Man­dela pro­vocó el enfado de Miche­lle. En este caso el éxito de esta “sel­fie” no vista es la foto pro­fe­sio­nal de Roberto Schmidt.

Ese es el giro que ha metido las sel­fies en los infor­ma­ti­vos. Los pre­si­den­tes de gobierno, pese a que cir­cu­lan con fotó­grafo ofi­cial vein­ti­cua­tro horas al día, se tiran sel­fies en los even­tos depor­ti­vos y en los fune­ra­les de estado. Las can­tan­tes en pro­mo­ción alter­nan sus fotos con­ve­ni­das de cam­paña con sel­fies de móvil. Son el tes­ti­mo­nio de que la ima­gen pública ha sido arre­ba­tada de la cam­paña pública. Las estre­llas prac­ti­can la sel­fie por­que es la parte común a todos los huma­nos de la era digi­tal. Es indi­ca­dor de exis­ten­cia. El retrato te inmor­ta­liza, la sel­fie te devuelve con los mortales.

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Selfie-bendición”.

En las sel­fies con­ti­núa el con­flicto de lo que somos y prac­ti­ca­mos. Entre aque­llo que solo quiero que vea la gente en quien con­fío, y aque­llo que está dis­po­ni­ble y puede ade­más mul­ti­pli­carse. Ahora asom­bra que alguien tenga una foto nues­tra, o una pos­tal de nues­tro pasado: en el futuro podre­mos reen­con­trar­nos en esqui­nas ines­pe­ra­das. Nos topa­re­mos con la vida que retra­ta­mos a golpe de espejo y de brazo.

RAÚL MINCHINELA (@raulsensato)

Este artículo ha sido pub­li­cado orig­i­nal­mente en el número de febrero de 2014 (249) de la Revista LEER (cóm­pralo en digi­tal / o mejor aún, ¡sus­crí­bete!).

Hay un comentario

  • […] enton­ces hemos hecho muchas cosas jun­tos; nos ha escrito de Brad­bury, de epi­cu­reísmo, de Lucía Etxe­ba­rría, de la hoguera de las vani­da­des de la RAE, de Twit­ter, de fút­bol. Y ha fir­mado dos […]

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