Del miedo y la memoria

Llega un momento en que las vidas son como esas vie­jas pelí­cu­las que se acu­mu­lan en algún cuarto oscuro y des­ven­ci­jado en espera de que alguien se digne a echar­les un último vis­tazo antes del desahu­cio definitivo.

Los car­te­les que un día las acom­pa­ña­ron se escon­den tras el polvo, a tra­vés del cual sólo se per­ci­ben las cica­tri­ces que el tiempo ha pro­vo­cado. Anti­guas heri­das que aún supu­ran nava­jas teñi­das de olvido.

Quizá en el tímido rayo de luz que se cuela por un res­qui­cio de las con­tra­ven­ta­nas, otra herida abierta en la madera cuar­teada, radi­que la última espe­ranza de recu­pe­rar el bri­llo per­dido: es polvo tam­bién esa luz que renueva vie­jas ilu­sio­nes, pero, por qué no, tal vez polvo de estrellas.

El-cuarto-de-las-estrellasQuizá haya que lle­gar a la amne­sia total para per­ci­bir la nece­si­dad de la memo­ria: ese tímido rayo de luz que busca entre el polvo el bri­llo de las imá­ge­nes que se rebe­lan con­tra ese olvido que corta y hiere aún más que el dolor, aún más que la pro­pia muerte o la muerte de quie­nes nos rodean. Quizá haya que tener suerte (al padre del narra­dor de El cuarto de las estre­llas –Siruela; última gana­dora del Pre­mio Café Gijón–, pro­ta­go­nista ausente de su memo­ria, le toca la lote­ría y ahí empieza su par­ti­cu­lar des­censo a los infier­nos) para ver de cerca el bri­llo de la fata­li­dad, el miedo en los ojos que te miran desde el espejo, la deses­pe­ra­ción que anida en los secre­tos que la memo­ria devela.

Hacer memo­ria es siem­pre peli­groso. Escri­bir a par­tir de la memo­ria que sucede al olvido total, un salto al vacío sin paliativos.

Es difí­cil adi­vi­nar la direc­ción del haz de polvo y luz que se cuela en el cuarto oscuro de los recuer­dos que aún no han sido descubiertos.

Por eso el reto al que se somete José Anto­nio Garriga Vela en esta novela es a la vez peli­groso y apa­sio­nante. El res­cate de la memo­ria del padre, a tra­vés de sus mie­dos, de sus renun­cias, de sus aban­do­nos, de sus frus­tra­cio­nes y de sus peque­ñas rebe­lio­nes coti­dia­nas, donde ya los muer­tos son ter­tu­lia­nos habi­tua­les y la con­cien­cia un cuenco vacío presto a lle­narse de pala­bras nue­vas que diri­man vie­jos sig­ni­fi­ca­dos, es asunto de gran enjun­dia que poco luce si no se llega al fondo de cada incóg­nita que surge en el deve­nir de la aventura.

De lo que se encuen­tra en el trans­curso de la misma, un peri­plo de ida y vuelta entre la con­cien­cia del padre y la con­cien­cia del hijo y la nece­si­dad de cerrar defi­ni­ti­va­mente el cuarto de las pelí­cu­las des­gas­ta­das sin que que­den res­qui­cios en las con­tra­ven­ta­nas, da buena cuenta su relato. Nue­vas pala­bras para vie­jas imá­ge­nes: una forma de con­ju­rar a la memoria.

Garriga Vela ha sabido cap­tar la esen­cia del argu­mento, ha lle­nado el cuenco de metá­fo­ras y suge­ren­cias; su talento narra­tivo va a la par que sus ganas de con­tarlo todo, aun­que haya muchas cosas que no pre­ci­sen ser contadas.

AURELIO LOUREIRO

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