Batalla incruenta en la Ciudad Blanca

Lisboa 1939–1945 (Agui­lar) de Neill Lochery parte del siem­pre atrac­tivo refe­rente de Casa­blanca, pelí­cula que recreaba la ciu­dad marro­quí en el car­tón pie­dra de Holly­wood y se con­ver­tía en refe­rente sen­ti­men­tal de los refu­gia­dos del mundo. Si la mayo­ría de sus pro­ta­go­nis­tas soñaba con un sal­vo­con­ducto para volar a Lis­boa y sal­tar desde allí a los Esta­dos Uni­dos, el pro­pó­sito de la obra de Neill Lochery es ana­li­zar esa pró­xima esta­ción de paso.

portada-lisboa-1939-1945

La capi­tal de aquel país pobre, apa­ren­te­mente mar­gi­nado desde hacía siglos de la gran polí­tica inter­na­cio­nal, alcanzó un poco cono­cido pro­ta­go­nismo durante la Segunda Gue­rra Mun­dial. La pro­duc­ción por­tu­guesa de wol­fra­mio, mine­ral esen­cial para la indus­tria bélica, y el valor estra­té­gico de las Azo­res en la gue­rra del Atlán­tico hicie­ron de Lis­boa un nido de intri­gas, una ante­ce­sora del Ber­lín de la Gue­rra Fría donde los espías acam­pa­ban en cafés y embajadas.

Sin lugar a dudas, el aspecto más intere­sante de Lis­boa 1939–1945 es la des­crip­ción por­me­no­ri­zada del equi­li­brismo diplo­má­tico que ejer­ció Sala­zar, per­so­naje fas­ci­nante que con­trasta con las auto­cra­cias que triun­fa­ban en el con­ti­nente. Sobrio, de sólida for­ma­ción aca­dé­mica, ale­jado de la pompa mili­ta­rista de sus coe­tá­neos, diri­gió los des­ti­nos de Por­tu­gal durante casi cua­renta años, lle­gando a ser el decano de los dic­ta­do­res euro­peos. Con minu­cio­si­dad de fun­cio­na­rio con­ta­ble logró des­qui­ciar tanto a los Alia­dos como al Eje.  Su miedo a una inva­sión, tanto bri­tá­nica como nazi o incluso espa­ñola, con­di­cionó la estra­te­gia de man­te­ner la neu­tra­li­dad a cual­quier pre­cio.  Esa Real­po­li­tik del artí­fice del Estado Novo le per­mi­tió ges­tio­nar a su con­ve­nien­cia la per­se­cu­ción que sufrían los judíos, el oro nazi que enri­que­cía al Banco de Por­tu­gal y la alianza anglo­por­tu­guesa (nacida en el siglo XIV y la más vieja de Europa).

El actor Les­lie Howard, muerto al caer derri­bado su avión en el Golfo de Viz­caya; el caris­má­tico y opaco ban­quero Ricardo Espi­rito Santo o el duque de Wind­sor fue­ron algu­nos de los pro­ta­go­nis­tas de aquel gigan­tesco campo de refu­gia­dos que com­bi­naba lujo y mise­ria. Un esce­na­rio en el que Lon­dres, Ber­lín y Madrid juga­ron una par­tida que ten­dría con­se­cuen­cias tras­cen­den­ta­les en la dura­ción del conflicto.

El libro, con alguna errata cro­no­ló­gica, es ameno, aun­que se antoja largo debido a la repe­ti­ción de muchos de sus argu­men­tos. Sin embargo, su lec­tura es una opor­tu­ni­dad para acer­carse a la dis­cu­ti­ble neu­tra­li­dad lusa, mucho más des­co­no­cida que la que ejer­cie­ron paí­ses como España y Suiza, y así miti­gar en nues­tro país el ver­gon­zoso des­co­no­ci­miento del deve­nir his­tó­rico de Portugal.

JORGE BENÍTEZ (@jorgebmontanes)

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