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Diciembre 2008
Enero 2009

Año XXIV

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La Conversación
Marcos Ana, el poeta que surgió del Frío
por José Luis Gutiérrez

Decidme cómo es un árbol (Umbriel/ Tabla Rasa) es la autobiografía de Marcos Ana, 89 años, poeta, siete décadas de militancia en el Partido Comunista de España, dos condenas a muerte y casi 23 años de prisión ininterrumpida. Fernando Macarro, conocido como Marcos Ana en homenaje a sus padres, es el rostro que se asoma en “La Conversación” de este número navideño, una entrevista en la que repasa con profundidad su vida, la de un poeta inspirado en sus propias tribulaciones.

Cuando la poesía es un arma cargada de pasado

En el santoral de la izquierda hispana del último medio siglo, un nombre ha circulado como alguien no sometido a cuestión, como una jaculatoria susurrada por tantos a pesar de ser apenas conocido por tan pocos y desconocido para casi todos. Es el nombre de un poeta, un vate inspirado en sus propias tribulaciones y en los impulsos políticos de su militancia, en las noches interminables de los presidios, forzadamente autodidacta.

Pronto sintió ese interno cosquilleo de la poesía y se zambulló en sencillas y austeras estrofas, muy castellanas, porque nuestro autor nació en una minúscula aldea salmantina, Alconada. Sus paupérrimos padres eran jornaleros del campo, él, Marcos, un hombre de manos toscas, como de madera, descrito por su hijo como hombre recio, honrado, respetuoso, analfabeto, que olía a tierra, sin saber siquiera leer un simple cartel de aquellos polvorientos caminos castellanos de principios del pasado siglo. Ella, mujer tan esforzada como su marido, en cambio sí sabía leer y escribir. Punto. Su hijo la recuerda como mujer de gran ternura y marcada inteligencia natural. Trabajaba de sol a sol y, además, preparaba cada día la comida de los labriegos: Ana.

Ambos eran creyentes, y votantes de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que recibían las papeletas del cura de Alcalá de Henares. Cuatro hijos, Margarita, Petra, Fabriciano y Fernando, el benjamín, el pequeño de la casa, el que nos ocupa y hoy ocupa el escaño de conversador: Fernando Macarro Castillo es su nombre, hoy a punto de cumplir los 89 años, aunque su aspecto sea tan juvenil, risueño y deportivo que se puede pensar que acredita y aparenta, muy verosímilmente, veinte o veinticinco años menos. De hecho, vive en un amplio y soleado piso en un antiguo y céntrico edificio, en las estribaciones del madrileño barrio de Salamanca, en cuyos bajos se aloja un conocido gimnasio que también frecuenta este conversador al que Fernando, siempre que puede, baja, y en el que se somete a una laboriosa sesión de ejercicios, media hora de bicicleta estática y un arduo recorrido por las máquinas de musculación y los bancos de pesas y mancuernas. Así está él.

Sacerdocio

Y su biografía es, sin duda, uno de esos itinerarios vitales en los que su laico y partisano sacerdocio –acaso heredero de su honda iniciación religiosa, siendo aún un niño– a lo largo de su larga vida al servicio del Partido, se emparenta con un recorrido cuajado de vicisitudes ciertamente dolorosas, de las que ofreceremos dos muestras tremendas: dos condenas a muerte y veintitrés años, 23, de prisión ininterrumpidos, desde la adolescencia de los 18 años, al terminar la Guerra Civil, en 1939, hasta la madurez de un hombre rebasada ya la cuarentena, que abandona la cárcel en 1961. Entró en la cárcel siendo niño y salió “como un toro” –son sus palabras–, en desaforada busca de una mujer. El encuentro en Suecia con Elsa, su traductora, sintetiza la congoja y las angustias de Marcos, quien, ya en la cuarentena, aún no conocía mujer.

Versos

Fernando Macarro Castillo ya no se llama así porque, desde siempre, ya es conocido por su otro nombre, que incluso ya él mismo considera como propio: Marcos Ana. Su pasaporte primero, tan insólito administrativamente, ya lo decía: Fernando Macarro Castillo, entre paréntesis: (Marcos Ana). Caso único.

Es el entrañable seudónimo tan eufónico y austero, elegido por él mismo para honrar el recuerdo de su padre, Marcos, de su madre, Ana, nombre que tras correr durante décadas de boca en boca ha adquirido esa desgastada legitimidad de las viejas monedas que se exhiben en las vitrinas y exhibidores de coleccionistas y numismáticos.

Es el poeta Marcos Ana, del que tanto siempre oyó hablar este conversador desde los años del anterior régimen a la gente de la izquierda y especialmente al PCE; así, “El poeta Marcos Ana”, etiqueta acuñada sin mayores explicaciones para ser repetida por doquier y sin que, paradójicamente, nadie o casi nadie conociera sus versos. Este país tan ameno, insólito, singular, en el que se acuñaban y aún acuñan propagandísticamente reputaciones de sesudos y circunspectos intelectuales que nunca habían escrito un libro –por estas mismas páginas transitó precisamente uno de ellos, hijo y hermano de poetas, Michi Panero, ya desaparecido, aunque él no fuera, precisamente, ni sesudo y ni circunspecto–, hacía pensar que nos hallábamos ante un caso semejante.

Y, sin embargo, sus libros de versos y poemas existían, eran libros-dazibao, libros deliberadamente arrojadizos como un pasquín indeleble contra la figura del Caudillo, del Generalísimo, para quien inventaron semejante superlativo, con aquella grandilocuencia de guardarropía y opereta de los uniformes austrohúngaros de los atuendos teatrales, aunque su voluntad omnímoda y sus sentencias y decisiones fueran dramática, trágicamente reales para Marcos Ana, para miles, para millones de compatriotas.

Memorias

Es el poeta Marcos Ana. Setenta años, nada menos, de militancia en el Partido –el Partido sólo es uno: el Partido Comunista de España, el PCE– y aledaños y, por fin, Marcos Ana sale a la luz y, tras décadas viajando para acudir a mítines, homenajes, mesas de encuentro, congresos, debates, con sus libros-dazibao, sus poemarios de trinchera, ahora se enfrenta al inesperado éxito, a la notoriedad brusca, tras la aparición de su autobiografía (Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida; con prólogo del Nobel José Saramago; Umbriel-Tabla Rasa), que ya acredita varias ediciones y el proyecto firme de filmar una película sobre su apasionante vida. Es, digamos, su primer libro publicado a través de los cauces habituales de un sello editorial comercial y privado –aunque ya el editor Ramón Akal imprimiera hace años una edición de Las soledades del muro, y sus poemas hayan conocido innumerables ediciones fuera de España, especialmente en América Latina–, al tiempo que también prepara una edición antológica de su poesía. Vayamos, en cualquier caso, por partes. Antes que nada, sus versos: “Si salgo un día a la vida/ mi casa no tendrá llaves;/ siempre abierta, como el mar,/ el sol y el aire”.

Poetas más meticulosos y preocupados por la métrica que quien ocupa en esta ocasión el amable escaño del conversador añadirían algunas sílabas más al último verso, y así, completar una cuarteta en asonante: “como el sol y como el aire”, rezaría este fragmento de un poema de Fernando, de Marcos, de 1961, escrito poco antes de alcanzar la libertad. Son versos cantarines incluso en el hondo drama que encierran, como las festivas cuartetas de Góngora (“al son del agua en las piedras/al son del viento en las ramas”), a veces cercanos en la métrica a la seguidilla, aquella cancioncilla de la festiva zarzuela de gañanes rústicos y líricos, La rosa del azafrán: “Aunque soy de La Mancha/ no mancho a nadie;/ más de cuatro quisieran/ tener mi sangre… Aunque soy de Castilla…”. Etcétera.

Pero qué importa la métrica cuando los versos brotan con la fuerza de la convicción, la sentida sinceridad poética, la angustia, el miedo del hombre en el presidio: “22 años… ya olvido/ la dimensión de las cosas,/ su color, su aroma… Escribo/ a tientas: ‘el mar, el campo’/ digo ‘bosque’ y he perdido/la geometría de un árbol…/ (No puedo seguir: escucho/ los pasos del funcionario)”.

Este libro, antes que leerse, se bebe; casi de un trago. En él se mezcla todo lo antedicho, el correlato sincero y escueto de su autor, la ingenuidad propagandística del militante de la que él mismo ni siquiera es consciente, tan fácil de desdeñar de tan obvia y, sobre todo, la explicitación de esa capacidad sobrehumana de la persona sometida a la inconcebible tortura de ser encarcelado durante 23 años. Y condenado a muerte en 1941, tras finalizar la Guerra civil, “por adhesión a la rebelión”.

Y comunista durante setenta. Condenado a muerte dos veces, aún adolescente. En la España de hoy, cuando apenas restan pocas semanas para que se alcance un aniversario tan colosal como es el de los primeros 20 años de la caída del Muro de Berlín, a Marcos no parece afectarle en sus convicciones, ni lo que su derrumbamiento descubrió para el mundo y las consecuencias que trajo consigo, ni siquiera las denuncias de los residuos del llamado “socialismo real” de países como Cuba, etcétera, llevadas a cabo por los socialistas que hoy en España difunden y apoyan su libro de memorias.

¿Y la apertura de sepulcros? Marcos no es un teórico, ni siquiera un intelectual. Es, sin duda, un poeta, al que los sentimientos le brotan en forma de poemarios. Su libro, además del largo corolario de desventuras, admite las salvajadas a ambos lados de la guerra, aunque se muestre más comprensivo con las propias que con las ajenas, las del bando nacional, en medio del desorden y el descontrol que se produjo tras el alzamiento militar. Su libro, sus palabras, su fácil conversación, la evocación ocasional de acontecimientos y amigos comunes, la apacible charla en su soleada casa, amueblada con cómoda discreción, sin concesión alguna al imperante decorativismo, por la que deambula, entra y sale su hijo Marcos, un joven cámara y realizador televisivo que presta sus servicios profesionales para la empresa Sogecable, Canal Plus.

De hecho, con ese candor del hombre sincero, me confiesa que su casa, de hecho todo el inmueble, pertenece a Teodulfo Lagunero, el magnate, el multimillonario del PCE, tan generoso, que se hizo inmensamente rico con sus operaciones urbanísticas, “el Sarasola de Carrillo”, el hombre de las finanzas del histórico líder comunista. De hecho, relata Marcos Ana cómo Teodulfo le alquila el amplio y soleado piso en el que vive por “un precio insignificante, simbólico” (gratis). Esa es la sinceridad candorosa de Marcos, y también la esencia bondadosa de Teodulfo, que tiene el detalle de preocuparse, desde su retiro en la Costa del Sol, de que Marcos, que vive en la última planta, se cambie a la segunda, donde ha quedado vacío un piso, que quizá le resulte menos trabajoso subir (la finca carece de ascensor).

Curioso este Teodulfo. Siempre he sido cauteloso admirador de su peripecia. El fue quien puso el teléfono para que Pepe Mario Armero, mi amigo de entonces, ya fallecido, desde la casa de mi también amigo el cineasta Basilio Martín Patino (ver Días de papel; LEER, 2004), urdiera, en conexión con la Zarzuela, el recién llegado Rey Juan Carlos, la presencia de Carrillo en España y la legalización del PCE, aquel Sábado Santo de abril de 1977. Las llamadas telefónicas se produjeron desde la casa de Basilio en Madrid a la de Teodulfo Lagunero en Francia, en la Costa Azul, donde estaba el entonces vigiladísimo Santiago Carrillo. No había otra manera de evitar que los servicios de inteligencia militar y policíaca de la dictadura, todavía operativos, escucharan las llamadas de teléfono. Y nadie sospechó del teléfono de Basilio Martín Patino, hermano de José María, el jesuita y cerebro gris del cardenal Tarancón en la Transición. España es un pañuelo, como vemos.

Teodulfo Lagunero escribiría un libro, anticipo de sus memorias, aún no publicadas, Una vida entre poetas (La Esfera de los Libros, 2006), inevitablemente prologado por Santiago Carrillo, en el que desgrana sus recuerdos sobre varios poetas con los que se relacionó muy estrechamente, tres de ellos, nada menos, Premios Nobel de Literatura: Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Camilo José Cela. El otro es, también inevitablemente, Marcos Ana. Quien, en su libro, recoge numerosos testimonios de apoyo de Neruda, entre ellos una carta autógrafa del creador de las oceánicas Odas elementales, escrita en enero de 1962, en Santiago de Chile: “Quiero enviarte, Marcos Ana, algunas palabras, y qué poca cosa son, qué débiles las siento cuando se enfrentan a tu largo cautiverio, qué poca y pequeña luz para la sombra de España”. Escribe el poeta chileno acaso desde Isla Negra. Y lo hace en palabras ordenadas y pulcras, bien alineadas, como disciplinadas hormigas verdes, en sus renglones de tinta verde (tan parecida a la tinta verde que León Felipe, el airado vate zamorano, utilizaba desde su refugio en México para redactar sus versos, para escribir ese “Autorretrato” con el que me obsequió su Fundación, cuando me concedió el Premio León Felipe 1995 a la Libertad de Expresión).

Siempre he tenido mi ánimo dividido con los miembros del Partido, en el que he tenido y tengo grandes amigos, junto a personas cuya ejecutoria prefiero olvidar. Curiosamente, en los sectores más aparentemente montaraces y prosoviéticos es donde encontré personajes más cordiales y accesibles, como Enrique Líster –que abandonó el Partido para fundar el suyo propio– o Ignacio Gallego, que hizo lo propio. En cambio, algunos supuestos renovadores, como Nicolás Sartorius, fueron especialmente beligerantes en la destrucción de un periódico histórico irrepetible como Diario 16. Algún día lo relataremos.

Gentes como Simón Sánchez Montero, como Ramón Tamames, como José María Mohedano, entre otros muchos, son amigos que me recuerdan a este Marcos Ana conciliador, amable, civilizado, sin renunciar en ningún momento ni a su biografía ni a su ideario. Su definición del poeta: gran, buena persona.

Libros por doquier, grabados de la mítica paloma y los barrotes de Picasso, quien fuera también miembro del Partido y presidente de CISE, el Comité de Información y Solidaridad con España, una organización de denuncia y propaganda antifranquista creada por el PCE en París, precisamente alquilada y pagada la renta mensual por Teodulfo Lagunero –y que sufrió también atentados contra su sede en la capital francesa–, y al frente de la cual prestó sus servicios al Partido Marcos Ana. En su casa, los dibujos ingenuos, inconfundibles y coloristas de Rafael Alberti.

En las líneas finales de su libro, Marcos evoca el empuje, la alegría de vivir que le embargaba al recuperar la libertad, tras saltar de la adolescencia de los 18 años y encontrarse en la madurez de los 42, tras el terrible paréntesis de los 23 años sin conocer la vida. “Todo era futuro para mí y el final del camino estaba lejos. Me sentía eterno”. El sobrecogedor relato, tan cuajado de sinceridades, de impulsos de militante, de entusiasmado feligrés comunista, aconseja al conversador recurrir a una paráfrasis poética de Gabriel Celaya para etiquetar este recomendable libro: “La poesía es un arma cargada de pasado”. Marcos Ana.
Fernando… (…)



Estudio David Navarro