Cuando tomo asiento en el escaño de conversador ante mi invitado, al contemplar sus ojos de mirada ingenua tras las gafas limpias y la rala y encanecida barbita que le otorga a su rostro un cierto aire de Trotski bonachón e inofensivo, no puedo evitar que los recuerdos, las evocaciones y los sentimientos cálidos se agolpen en mi ánimo y en mi mente. Porque ante mí, primero en su vasto y moderno despacho del Ateneo madrileño, materialmente invadido de libros y papeles en cuidado y respetuoso desorden; después, en el que fuera despacho de trabajo de Manuel Azaña, presidente de la Docta Casa y presidente de la República, escrupulosamente conservado con los aires de santuario laico que tiene, toma asiento José Luis Abellán, abulense, paisano por tanto y coetáneo de Adolfo Suárez –y amigo, al que no ve desde que Suárez sucumbió y cayó en el enigmático limbo de su dolencia irreversible–, en sus fructíferos y apacibles setenta y tantos, de quien conservo tantos momentos compartidos –casi un denominador común de muchos de los conversadores que han transitado por esta sección– desde aquellos años en los que su pluma enriqueció, con excelentes textos, las páginas editoriales del grandioso y desaparecido Diario 16.
Estas páginas, tan poco propicias a las biografías ampulosas, reseñarán sucintamente su itinerario intelectual y académico: catedrático de Filosofía de la Complutense (ya en el dorado sosiego de los “eméritos”), escritor, conferenciante, tantos premios acumulados, tantas obras escritas, en torno al medio centenar. Su curiosidad intelectual, unida a su condición de stajanovista de la pluma, le han llevado a ocuparse en sus libros de estudioso del Pensamiento, del exilio, la Filosofía –por supuesto–, Antonio Machado, Santayana, el 98, Unamuno, la Psicología, Ortega, María Zambrano... Destacaremos: la monumental (siete volúmenes) Historia crítica del pensamiento político español (Espasa Calpe y una edición especial en el Círculo de Lectores), obra agotada sin que su editorial haga, inexplicablemente, ademán alguno de reeditar tan oceánico y valioso esfuerzo intelectual. Y acaba de aparecer La Filosofía como producto mediterráneo (Institució Alfons el Magnánim; Valencia, 2007), un singular y original ensayo en el que, a partir de los orígenes de la Filosofía en las costas de la antigua Grecia, llega a considerar la actividad de pensar casi como una emanación más de la consuetudinaria sabiduría culinaria que acredita la dieta mediterránea. Y es, también, de ahí su presencia en el escaño del conversador, presidente del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid desde 2001, grandiosa institución centenaria de la que también se ha ocupado: El Ateneo de Madrid. Historia, Política, Cultura, Teosofía (Ediciones La Librería; Madrid, 2006).
Sin duda, Abellán es primer investigador en torno a la figura y la obra de Erasmo de Rotterdam y su influencia persistente y honda en España a lo largo de los siglos con su célebre, que ya es un clásico, El erasmismo español (El Espejo, 1976; Espasa Calpe, 1982), junto a autores de tanto renombre como M. Bataillon y sus obras sobre el erasmismo en España.
(No dejaré de citar, al margen de su dimensión de opúsculo, un breve pero clarividente y oportuno texto que su autor, Antonio Fontán –el periodista y director histórico del desaparecido Diario Madrid, primer presidente del Senado con la democracia, ex ministro y, también, catedrático de Latín–, publicó en las Navidades del año 2004 sobre la mágica coincidencia de la aparición, en 1516, de los tres grandes libros de la Filosofía política europea, lo que lleva al autor a calificarlo de annus mirabilis: El Príncipe de Maquiavelo, Utopía de Tomás Moro y Principis christiani institutio de Erasmo de Rotterdam).
¿Católico, cristiano, creyente, José Luis Abellán? No exactamente. Se declara erasmista –como Fernando de los Ríos– y aproximadamente agnóstico. Liberal antifranquista, sin militancia política, salvo su amistad personal y de paisanaje con Adolfo Suárez y su breve paso por el partido de Tierno Galván (el PSI, después PSP).
“Nací en Avila y me siento muy unido a ella, me interesa su tradición mística. Estudio en el Ramiro de Maeztu en Madrid y pronto me doy cuenta de que vivimos en un país absurdo, sin libertad, donde no puedes desarrollar una vida decente de acuerdo a unos principios éticos porque todo está rendido al ganador de una guerra.
Esto me lleva, desde el 56, a ser un convencido militante antifranquista, estuve en la cárcel, todavía dejé un juicio pendiente, me fui a Puerto Rico y descubrí el exilio, conocí a Pau Casals, Jorge Guillén o Salinas entre 1961-63. Hice el Doctorado en Filosofía en la Complutense madrileña. Me sirvió allí mucho. Descubrí América y el exilio. La estancia allí me condicionó. Estuve luego en Reino Unido, en el Norte de Irlanda, me familiaricé con el hispanismo británico y en el curso 1966-67 regresé a España pensando que Franco se moría. Pero no había forma, no se moría nunca, pasaron todavía diez años, hasta 1975. Llegué a tener una verdadera neurosis y por eso comencé la Historia crítica del pensamiento español, que me ha ocupado durante tres décadas, para hacer algo que durase más que el dictador. Siete tomos de más de mil páginas cada uno, en los que me refugiaba huyendo de la mediocridad y la ramplonería ambiental y cultural del franquismo. Me duró la redacción hasta el año 91”.
Eres presidente del Ateneo desde el año 2001. ¿Qué ha significado para ti, que tarea habéis realizado
en estos años? (…)
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