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La conversación
Alfredo González, Alfredo.
El cronopio astur que pintaba ciudades
y casas torcidas
por
José Luis Gutiérrez |
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Quien toma asiento en el escaño del conversador en esta ocasión es uno de esos seres tocado por los dioses de la sabiduría honda y antigua, la bondad sencilla y la templanza. Y acaso los cielos hayan premiado su celebérrima bonhomía de hombre machadianamente bueno y de hablar pausado, con ese aspecto insultante por lo juvenil y salutífero, el de quien –cosecha de 1933, 75 inminentes años– acredita esa estampa casi adolescente, ataviado con jeans, Adidas y t-shirts, tan en forma que aún está por concertar su primera visita a la consulta del oftalmólogo. Ni siquiera precisa los preceptivos lentes correctores de presbicias, miopías o astigmatismos cuando se enfrenta a su vasto tablero de dibujo armado únicamente con su copioso e inofensivo arsenal de lápices de colores. |
Por alguna razón, cuando pienso, recuerdo nuestra ya dilatada y afectuosa relación de amistad y casi de paisanaje –pronto la explicaré– con él, con Alfredo González, Alfredo a secas para todos –que de él se trata–, a mi mente se aproxima la figura, los difusos contornos de los cronopios cortazarianos, aquellos seres benevolentes, nada convencionales, algo libertarios y desordenados, sensibles, “húmedos y verdes” como los definió su creador, que también lo fue de Rayuela y de la Maga y de Manuel, y de tantos y tantos asuntos, personas, seres y cosas: Julio Cortázar. Colaborador también de LEER –suya fue, entre otros originales, la portada del número 94, del verano de 1998. Me encuentro a Alfredo, autodidacta y el más requerido ilustrador, dibujante, pintor de espacios urbanos, de ciudades, cuyo trabajo es solicitado y celebrado por todos, dentro y fuera de España. La entonación de su línea, podría decirse “arquitectónica”. Y, sin embargo, es también un auténtico virtuoso de la caricatura y el retrato, capaz de capturar el espíritu de un rostro con apenas cuatro trazos.
Habla de sus numerosísimos premios y reconocimientos con ese angelical y distraído despiste del hombre feliz que no tenía camisa. El del Círculo de Lectores; el Penagos, que es el Premio Nacional de Dibujo; el Premio del Humor del Ayuntamiento de la Villa de Madrid… “Tengo más pero no me acuerdo. Con algunos, además, te daban dinero”.
Es, también, compañero de sus colegas. Recuerda a Mena, recientemente desaparecido, al eterno dibujante de ABC que durante tantos años hizo sonreír a sus lectores con las peripecias mudas –en una/dos/tres viñetas– de su personaje Cándido, al que muestran aún en Hevia, un bar restaurante de culto en la madrileña calle de Serrano, donde acudía cada día. Alfredo habla de la ranchera –al finado le gustaban mucho– que alguien cantó en el entierro de José Luis Mena: “Me puso los pelos de punta”.
También es preciso hablar de los cronopios, tan diferentes de los famas, tan ásperos, rigurosos y administrativos, o las esperanzas, simples, iletradas, inertes. La pintora Eva Holtz plasmaría en un cuadro inorgánico, ingenuo, colorista y algo constructivista, a los cronopios y famas (aunque ninguno de ellos al parecer aparece por parte alguna en dicho cuadro de maquinarias de colores), mientras Julio componía su manual de instrucciones para llorar, o instrucciones para cantar, o para ver tres cuadros famosos, o el preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, o las instrucciones para subir escaleras o para matar hormigas en Roma; mientras, decíamos, los famas veían a una tortuga y se reían de su parsimonia mineral. Y las esperanzas, tan desdeñosas, acaso se encogían de hombros, pero los cronopios se apiadaban de su tardanza inmóvil y pintaban golondrinas de colores en la gran pizarra de su prehistórico caparazón.
Julio creó tan caritativos seres, aquellos entes amorfos e invisibles, de formas inciertas, verdes, húmedos y fabulosos, a partir de aquel concierto de Louis Armstrong en un teatro de los Campos Elíseos, en el invierno parisino del 52, y así escribió el nombre por primera vez –él, tan jazzy, tan estupefacto ante el saxo de Charlie Parker–, Louis, enormísimo cronopio, señor negro y ronco que reía con muchísimos dientes muy blancos y un pañuelo blanco y tocaba una trompeta aproximadamente mágica y amaba al mundo con su fervor de colores, las nubes blancas, el arco iris –“What a wonderful world”– y a todos sus seres. También Julio luciría por fin su propia encomienda en el más alto grado de la condecoración: Grandísimo Cronopio.
Alfredo se me aparece siempre como otro gran cronopio, a bordo de sus cajas de lápices, y conste que mi amistad larga –un retrato suyo figura en la portada de mi libro Días de papel– no nubla ni distorsiona mi juicio, deslumbrado ante su pericia de artista mágico y eternamente adolescente.
Ser “húmedo y verde”, como los cronopios, que nació en una tierra húmeda y verde por antonomasia, tan querida, tan familiar por quien esto escribe, en los asturianos valles de Aller, en un villorrio llamado Agüería de Aller, a un costado de Moreda, cerca de Cabañaquinta, capital de los valles, regado como un Macondo cantábrico por dos ríos, el Aller y el premonitorio río Negro de un valle marcado por las explotaciones mineras, hoy, sin duda, ya en declive, regado por las aguas cristalinas que zigzaguean entre las piedras redondas en las que aún se acurruca y esconde la furtiva y perfumada trucha arco iris. Nombres todos tan familiares, tan queridos para este conversador, tan recordados y recorridos en la infancia lejana por un niño trasmontano con la vara de avellano recién cortada que vivía en una vieja casa a menos de dos leguas de la cima del Puerto de Pajares, al otro lado del monte.
Agüería, el villorrio de Alfredo, fue aldea de mineros escasamente poblada que hoy cuenta con una visible guarnición de emigrantes portugueses que buscan resolver sus vidas en los pozos mineros de la zona y, quizás, la mina fue un casual indicador de la tarea artística futura de este hombre, cuando la antracita tatuaba los rostros recios, aristados y ennegrecidos de los mineros –su padre–, aquellos tatuajes azules que dejaba el carbón, rastro indeleble e imperecedero en las marcas cerúleas de las cicatrices.
Un padre minero, picador, extenuado por las largas jornadas en la mina extrayendo carbón, una escuela rural, las tizas de colores ante la pizarra del niño Alfredo.
Y del Aller de ayer al hoy de este hombre que acaba de envolver –acaso sería más preciso escribir “empaquetar”–, como si del artista búlgaro Christo se tratara –que lo hizo con el Reichstag berlinés o el Pont Neuf parisino–, con una lona de casi mil metros cuadrados, soporte de un gigantesco dibujo urbano de Alfredo con transeúntes atareados y afanados en su shopping, el descomunal exaedro de El Corte Inglés en el madrileño Paseo de la Castellana.
Pero la razón de su presencia en el escaño del conversador reside en un reciente empeño editorial protagonizado por los lápices de colores de Alfredo. Tan ambicioso proyecto como supone ilustrar texto tan endemoniadamente sublime como es el Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, grandioso compendio de temblores poéticos de una inusitada riqueza metafórica, que tan fuerte y duradera influencia ha tenido en la lírica posterior, desde los versos del poeta y cantautor canadiense Leonard Cohen –libro, en primorosa edición de Pedro Tabernero, con una abrumadora lista de sponsors, desde la Columbia University, que invitó al poeta a visitar sus aulas y campus en 1929, a la Junta de Andalucía o el Instituto Cervantes– al Hawl de A. Gingsberg, recientemente reeditado.
“¿Que cómo comencé? Lo de tantos, como tú mismo, los primeros años en la aldea, en una escuela rural y un maestro que te enseñaba las cuatro reglas cantadas y la ortografía, que por cierto lo enseñaba con gran eficacia y al final lo aprendías todo muy bien con aquellos procedimientos pedagógicos tan rudimentarios. Eran tiempos duros, jugábamos al fútbol con una pelota de trapo que casi siempre caía al el río y el agua se la llevaba.
Allí, niño, comencé a dibujar en la pizarra con las tizas y a mostrar ya cierta habilidad. Y gracias al maestro también me inicié en las primeras lecturas porque el hombre había conseguido una pequeña biblioteca con obras de algunos autores clásicos, entre ellos Washington Irving. Tenía entonces unos diez años. El maestro me encargaba que pintara escenas de Historia Sagrada, del Antiguo Testamento. Pintaba muchos ángeles, pero también máquinas, porque detrás de la escuela pasaba un tren carbonero y me gustaba mucho dibujarlo. Un día, un compañero de clase mayor que yo me preguntó cómo era posible que pintara el frente de un camión y al mismo tiempo y al lado la parte posterior del mismo. Cincuenta años más tarde descubriría que yo me había iniciado sin saberlo en el cubismo, como Picasso y Van Gogh, pero sin haber visto nunca un cuadro de Picasso ni de Van Gogh.
Yo entonces era un chico inquieto y revoltoso y mi madre me llevó a los dominicos, a los curas, que era, entonces, la única salida posible para realizar estudios. Me llevó a un fraile para que me examinara y creo que yo sabía más que él. Mi madre me recomendó que me acordara de que en Madrid no hay mar, que Dios no hay más que uno y esas cosas. Me llevaron de interno a Villaba (Navarra, el pueblo del ciclista Indurain) para que comenzara a estudiar y, pasados los años, ordenarme sacerdote, ser cura. Claro que yo no estaba allí precisamente gratis. Mi padre era minero, trabajaba como un negro y pagaba mi estancia en el colegio de los dominicos. El precio de mi pensión en el año 45 debía de ser en torno a una peseta diaria. Pero allí ya la cosa era distinta, ya jugaba al fútbol con un balón de cuero y los profesores eran más jóvenes y mejor preparados.
Y con 17 años me trasladé a Palencia para hacer el noviciado. Los dominicos de aquella época no eran mala gente. De hecho, en Palencia me trataron muy bien. Conocí a gente de vocaciones tardías de los que aprendí mucho, era gente culta, casi todos con la carrera universitaria ya terminada”.
Parece que ahora ya no hay muchas vocaciones, ni tempranas ni tardías… (…)
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