Un maleficio ha pesado en nuestro país en dos importantísimos dominios de la cultura: la filosofía y la música. Ambos comparten el dudoso honor de hermanarse en idéntica friolera de tres largos siglos de travesía del desierto. La filosofía no levanta cabeza desde la muerte de Francisco Suárez, el gran pensador neoescolástico que indirectamente influyó en las raíces de la modernidad (Descartes) (…)