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184 |
Julio-Agosto 2007
Año XXIII |
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Carta del editor por José Luis Gutiérrez
La Transición: Treinta años no es nada |
Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid, en 1981,
hace entrega a Gutiérrez del "Madroño de Oro" |
Treinta años desde aquellas ya distantes primeras elecciones democráticas del 15-J… Treinta años no es nada, paráfrasis de la estrofa del tango de Alfredo Le Pera (“Volver… Que veinte años no es nada/ qué febril la mirada”, etc.), del poeta y letrista argentino nacido en Brasil de origen calabrés, metáfora inconsciente de todos los cambalaches de la reciente Historia de España que me ha tocado vivir. Treinta años no es nada. O acaso toda una vida, mojón y símbolo del fugaz y manriqueño transcurso de la existencia de los hombres, de la inútil pugna de las vanidades, de las pueriles e infructuosas tentativas de inmortalidad.
Qué decir de la Transición, en tales momentos cuando muchas de las piedras de sus cimientos se tratan ahora de remover. Resulta inevitable que al conjuro de los aniversarios se disparen los mecanismos de la evocación y del recuerdo, de los años vividos tan intensa como apasionada, gloriosamente, en los que todos o casi todos remábamos en la misma dirección, antes de que se produjera la dispersión inevitable de las ambiciones políticas, el “cada mochuelo a su olivo”, en frase acuñada en las brain stormings del desaparecido Diario Madrid de Antonio Fontán.
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Uno de los ejemplares conmemorativos de la Constitución de 1978 dedicado
a Gutiérrez por el Rey Juan Carlos, el presidente Suárez y por los siete ponentes
o "padres" de la Carta Magna. |
Las propias peripecias político-periodísticas durante los últimos años con Franco en vida, conocidos como La Apertura –con su ingenuo corolario de atrevimientos en escenarios, platós y cafés-teatro, aquel enternecedor sucedáneo de la pornografía, el famoso Destape, inmortalizado en aquella foto de Tierno Galván con Susana Estrada luciendo un pecho al aire–, el entusiasmo mal contenido ante la Revolución de los Claveles portuguesa, Suresnes, la muerte de Franco, el nacimiento de El País (1976), el de Diario 16 apenas cuatro meses después, la llegada de Adolfo Suárez, las primeras elecciones que ahora se conmemoran, la elaboración de la Constitución, el seguimiento puntual de sus debates en Ponencia, en Comisión, en Pleno…
Las acciones terroristas, el ruido de sables, la tentativa golpista del 23 de febrero de 1981, que tan intensamente viví, el juicio de más de tres meses a los implicados en la asonada. También el libro de memorias de Ben Bradlee –el mítico director del Post que desveló el caso Watergate–, A good life (Una vida plena, inadecuadamente traducido en España como Vida de un periodista), serviría para etiquetar tal gavilla de vivencias, recuerdos, emociones, evocaciones, riesgos, peligros, tan esplendorosa manera de vivir peligrosamente al tiempo que, acaso inconscientemente, se levantaba el gran edificio democrático para el futuro. Yo titulé –obviamente, sin ánimo de establecer comparaciones– de otra manera mi libro sobre aquellos tiempos prodigiosos: Veinte años no es nada. Textos y pretextos de dos décadas de democracia 1977-1997 (Espasa; Madrid, 1998).
Los periodistas democráticos de entonces jugaron, sin duda, jugamos un papel de reconocida relevancia en todo lo que ocurrió. En ocasiones he comentado las palabras que el Rey –“A José Luis Gutiérrez, con mi afecto”–, Adolfo Suárez y los siete ponentes o padres de la Carta Magna –páginas aquí reproducidas– me dedicaron en uno de los mil ejemplares conmemorativos que se editaron de la Constitución en 1978, y que suponen sin duda un timbre de aproximada satisfacción para quien esto escribe: “A José Luis Gutiérrez, luchador incansable por las libertades de expresión e información, cuya vivencia adelantó, durante la apertura y la Transición, en los medios de comunicación, hasta convertirlas en piedra angular de la Democracia y la Constitución. Con todo afecto y reconocimiento. Adolfo Suárez”. Igualmente afectuosos los comentarios de los siete ponentes, de Peces-Barba a Miguel Herrero, de Fraga, Pérez Llorca, Miguel Roca, Jordi Solé, Gabi Cisneros. Y de similar entonación, de manera más extensa, el ex presidente plasmó parecidas apreciaciones en el epílogo de mi libro Veinte años no es nada.
Posteriormente, según un estudio realizado en 1999 por la Agencia Ibérica de la Comunicación, Análisis e Información (TECOP IBECOM), con entrevistas a cerca de mil quinientas personalidades de la política, la economía, la cultura, etcétera, mi modesta firma apareció entre los veinticinco periodistas, comentaristas y opinion makers más influyentes de la década de los noventa del pasado siglo XX, período coincidente con el último tramo de la Transición.
Celebraciones
Así, cada vez que tiene lugar la celebración de algún cumpleaños relacionado con la Historia reciente de España –ahora ha sido el XXX Aniversario de las primeras elecciones democráticas, las del 15 de junio de 1977; los otros, los de la Carta Magna, cada mes de diciembre–, confieso que asisto a ellos desde una confusa concurrencia de sentimientos encontrados ante los espectáculos que se le dispensan al público, antes pueblo soberano.
Por una parte, los vestigios orwellianos que se esconden tras las tentativas de tantos reescritores de la Historia, amparados en su correspondiente Ministerio de la Verdad, personajes que pueden encontrarse en las más altas Magistraturas o en las más bajas Redacciones de los periódicos.
Autobiografías azucaradas y exagerados ex combatientismos, autoafirmaciones propias a través de la satanización de Franco por muchos que en vida del dictador medraron y se beneficiaron de su régimen, que ha dejado en las conductas la impronta indeleble de lo que se conoce como franquismo sociológico. Acaso algún día aparecerá una Antología de caraduras para inmortalizar a toda esta gente, que produce en mí tal sensación de vergüenza ajena ante lo grosero de sus embustes e imposturas.
Adolfo Suárez
Se enaltece, merecidamente, a Adolfo Suárez como gran arquitecto –mejor, como inmejorable aparejador de todo el vasto proceso de la Transición, entendida ésta desde los años previos a la muerte de Franco– de aquello que provocó en todo el mundo una generalizada reacción de admiración y también de emulación, en países que, como España, habían de abandonar regímenes autoritarios o dictatoriales y transitar armónica y suavemente, y sin violencia, hacia sistemas más o menos democráticos. España, en este sentido, era, sin duda, un país clave, por el efecto de emulación que habría de tener sobre todo en el subcontinente americano, como pudo verse después, un proceso de democratización hoy nuevamente en crisis, ante la aparición de los viejos y ya conocidos populismos, ahora marcados por aires indigenistas.
Aparecen libros, se reeditan otros –en estas páginas se han recogido puntualmente estudios y comentarios acerca de las citadas obras–, sobre la figura de Suárez. Algunos ciertamente críticos –incluso se le ha denostado aireando cuestiones de su vida privada en estruendosos programas televisivos– que, desde el entorno familiar y político del ex presidente que hizo posible la autoinmolación de las Cortes franquistas, la Ley de la Reforma Política y su consiguiente referendum, la legalización del PCE, las primeras elecciones democráticas y la elaboración de la Constitución de 1978, entre otras proezas políticas, se vinculan directamente con la figura de otro ex presidente del Gobierno, Felipe González, al que responsabilizan de todas las iniciativas contra Suárez.
En los actos solemnes de este aniversario –con la presencia de los Reyes y el Príncipe de Asturias, y la ausencia de Felipe González y José María Aznar– en el Congreso de los Diputados, donde el Rey anunció la concesión del Toisón de Oro a Suárez, rostros de antaño y un reportaje televisivo subliminalmente engañoso. El hemiciclo aplaudiendo tras la victoria electoral de Suárez aquel 15-J. Y digo engañoso porque los ocupantes de los escaños socialistas en aquella sesión histórica a la que asistí, permanecieron sentados y sin aplaudir al vencedor en las primeras elecciones generales.
Seguiremos leyendo, viendo y oyendo más cosas de Suárez –quizá la próxima: una reedición revisada y ampliada de la biografía de Gregorio Morán, Adolfo Suárez. Historia de una ambición (Planeta), en la que aparecía en su portada ataviado con la guerrera blanca del Movimiento franquista–, mientras el ex presidente, instalado en la apacible y sonriente Babia de su dolencia, sin conocer a nadie, sin recordar nada de lo sucedido, ni siquiera de la descomunal singladura por él protagonizada –caso similar al de otro gobernante, el ex presidente USA Ronald Reagan, ya desaparecido–, consume interminables horas en largas caminatas por el jardín de su casa madrileña en las que agota a sus acompañantes, con momentos de lucidez y otros, instalado en el enigmático universo de sus recuerdos, que nadie conoce, ni siquiera adivina. Acaso algo saltó en su mente, en su ánimo, un ¡Basta! ante la catarata de infortunios familiares como los sufridos por el ex presidente que pilotó la Transición.
Nicolás Redondo
Otro aniversario reciente ha sido el acceso al grupo de los octogenarios de Nicolás Redondo: 80 años recién cumplidos y cumplido y generoso homenaje de sus colaboradores, compañeros, amigos –Saracíbar, Zufiaur, Apolinar Rodríguez, Manuel de la Rocha, Luis Gómez Llorente, entre otros muchos– de su sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT).
El homenaje ha contado también con un libro antológico (el sindicato socialista no es precisamente experto en editar libros), Historia, memoria y futuro. Nicolás Redondo (1927-2007), de Antonio García Santesmases, en el que se recogen numerosos textos y testimonios gráficos de la ya larga biografía de este incansable luchador que es Redondo.
Este Editor no podía desoír su invitación a un acto de reconocimiento a la figura histórica de Redondo, con quien me une una relación de afecto de más de tres décadas. Precedido por una jornada de debates y mesas redondas en la Fundación Julián Besteiro, Nicolás Redondo fue homenajeado en un multitudinario acto en la sede madrileña de María de Molina de la UGT, en el que intervinieron José María Fidalgo (CC.OO.), José María Cuevas (CEOE), Cándido Méndez (UGT) y el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. No estuvieron ni Felipe González ni Antonio Gutiérrez, el entonces secretario general de Comisiones Obreras con el que Redondo organizó la unidad de acción y las huelgas contra el Gobierno socialista.
El sindicato, que arropó a Nicolás en momentos críticos, le debía ciertamente este reconocimiento al histórico secretario general. Entre otras cosas, para intentar hacerle olvidar los malos momentos que hubo de vivir cuando el Gobierno de Felipe González le persiguió con saña –la consabida venganza por las huelgas generales y, sobre todo, por el oceánico e histórico paro del 14 de diciembre de 1988, suscitado por un motivo tan aparentemente ingenuo como un plan de empleo juvenil–, e incluso se organizaron manifestaciones contra él por el escándalo de la PSV, el tormentoso affaire de la cooperativa de viviendas de la UGT. Según testimonios cercanos a Redondo, siempre aparece el nombre de Narcís Serra en torno a aquellas protestas.
Diarios
Singular, curioso género, tan difícil de justificar en tantos casos. Los del filólogo judío Victor Klemperer, por ejemplo, sin embargo tan imprescindibles para entender cómo los nazis utilizaban el lenguaje para sus diabólicos menesteres políticos. O los de Manuel Fraga, que se limitó a copiar, con ligeros comentarios, su agenda, pero que sirven, sin duda, para enmarcar en el espacio y el momento tantos acontecimientos históricos de la Transición.
Luego hay otros diarios ciertamente prescindibles. Como los del periodista Ignacio Carrión. Casi mil páginas para plasmar bobadas, comentarios inservibles, lugares comunes o simples disparates, en los que pretende hacer literatura y en otros momentos periodismo y que no son ni lo uno ni lo otro. Dedica, por ejemplo, muchas líneas a relatar cómo se sometió a una sesión clínica para obtener su espermiograma, cómo se masturbaba, la presencia de la enfermera, etcétera. O este otro ejemplo, impagable, casi un ex abrupto neofascista: “Sigue haciendo un tiempo maravilloso.
Y sigue desaparecido el ex director de la Guardia Civil, Roldán (…) Este Gobierno está acabado. González se ha llenado de mierda. Cuando suba Aznar añadirá a esta mierda toda la mierda fresca del PP (…) Ser español –que nunca he sabido en qué consiste– me da vergüenza…”.
Vergüenza ajena de nuevo, que habría provocado la repulsa del propio Klemperer –que describió en su obra LTI el uso de los insultos con excrementos–, tras leer semejantes majaderías, tan cercanas por otra parte al uso científico de la injuria, la difamación, el insulto y, muy especialmente, la citada prosa escatológica, suertes en las que los nazis eran auténticos virtuosos. Tal obra cajón de sastre es, también, papelera desastre para que sus amos depositen en ella sus basurillas y vendettas.
Tantos años de Transición, tantas tribulaciones e itinerarios para llegar a esto. |
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