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Abril 2007
Año XXIII
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La Conversación
Jorge Herralde
La persona que recibe al conversador en una sala de reuniones repleta de libros, en una oficina repleta de libros, libros por doquier, en estanterías, en mesas, en sillas, en sillones, amontonados en los suelos, estanterías a rebosar con las ediciones propias traducidas a otras lenguas, en otros tiempos, en otros países, todo en la sede de su editorial, en un recogido edificio de ladrillo rojo de la Barcelona alta supuestamente refinada y culta repleta de casas probablemente repletas de libros, montones, obstáculos como escombros de papel que sortea ensimismada, como una consumada esquiadora de slalom, absorta en lo suyo, adusta, ajena, su mujer, Lali Gubern.

Su nombre resulta tan histórica, cultural, profesional, intelectualmente evidente que faculta a este conversador para obviar el trámite inevitable de entrevistas, interviús, diálogos o conversaciones, consistente en presentar a los lectores al protagonista mediante previas introducciones o bocetos biográficos.

Jorge Herralde. Punto. Cosecha del 35 y, por tanto, cuando este número de LEER se encuentre en manos de los lectores, habrá cumplido ya sus primeros y aparente y contenidamente juveniles 72 años –los mismos, precisamente, que Jerry Lee Lewis, recién llegado a Europa, y Herralde parece su hijo más joven. El conversador prefiere fijarse, antes que en su biografía apabullante y excesiva, abultada de reconocimientos, en su rostro, ademanes, su fisonomía cinética, en movimiento a través del tiempo que plasman las insistentes y abrumadoras fotografías de libros sobre sus libros, antologías de artículos (Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos –Anagrama, 2006; Opiniones mohicanas –El Acantilado, 2001).

Para el acaso inexistente lector no avisado: Herralde funda la editorial Anagrama en 1969 y desde entonces ha publicado cerca de tres mil títulos, muchos de ellos ediciones, intuiciones, éxitos y hallazgos muy significativos –Patricia Highsmith, Capote, Kennedy Toole, Bukowski, Auster, un interminable etcétera–, sus galardones ya clásicos (Anagrama de Ensayo, Herralde de Novela) y la aceptación respetuosa de su tarea. Digamos que una de las penúltimas novelas leídas por este conversador es una de las suyas: Crucero de verano (Capote), y uno de los penúltimos libros releídos, también: Howl, Aullido (Allen Ginsberg). Premios, condecoraciones, medallas, títulos, todos. Incluida la Orden del Imperio Británico y l’Ordre des Arts et des Lettres.

De ingeniero indiferente, desdeñoso hacia su propia disciplina y aprendizaje profesional, pronto evolucionó este hombre hacia el editor controladamente apasionado y enamorado de su tarea, que sin duda utilizó como palanca de sus convicciones políticas (de izquierdas, obviamente, acaso deslumbrado por el sucinto pero persistente glamour cultural que entonces acreditaba el gauchismo catalán, en esa deliberada indefinición, esa izquierda bonita y sin etiquetar, tan de la Gauche Divine a la que desde sus inicios perteneció) para cambiar el mundo.

Aquel joven Herralde ya acude, al inicio de la década prodigiosa, al apartamento secreto de Gil de Biedma, el poeta sublime, familiar de otra Gil de Biedma mesetaria, la presidenta Esperanza Aguirre (sobrina carnal), en la barcelonesa calle Montaner, al llamado Sótano Negro. Es uno de los jóvenes que acude como a un santuario, en compañía de los Moix, Clotas, Paco Rico, Félix de Azúa, et al. Aún fresca la antología de Castellet (Veinte años de poesía española. 1939-1959) y el veto rabioso, inmisericorde, de Gil de Biedma al esperanzador poeta Alfredo Costafreda, perdido y despistado en su despacho de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra. “Una de las acciones más ruines en la vida literaria del poeta” (Miguel Dalmau en Jaime Gil de Biedma; Circe, 2004). Literaria y en la vida a secas.

Al mismo tiempo, las gentes en torno a Vicente Aleixandre en Madrid ya abominan, al promocionar jóvenes poetas andaluces, de “Gil de Biedma y su grupo de esnobs comunistas”. Y Jorge, depositario de conjeturas, de observaciones, de confidencias, sobre tantas cosas, acaso también sobre la relación del “gay inteligente (Gil de Biedma) y el macho tough (gangsteril) (Jorge Vicuña), que le proporciona placer sexual”.

Siempre ahí, silencioso, amable, colaborador, Jorge Herralde y su Gauche. Aquella foto, en los talleres de Seix Barral, 1961, Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Castellet. ¿Qué hubiera dicho Roland Barthes, su Camera lucida del tirabuzón atormentado, neurótico de las piernas de Castellet, la pose de los demás, aproximados niñatos de buena familia? ¿Alguien, algún día, reclamará alguna responsabilidad a alguien por lo que hoy es Cataluña, invento colectivo tangente con fríos totalitarismos de metacrilato, mucho disseny y poco aire libre, justificados a través de la bobalicona y acrítica, cuasi religiosa veneración del suceso nacionalista, ya tan presente en aquellos años de la Gauche Divine –y que este conversador ya lo intuía, siendo adolescente y charnego trabajador en el Pirineo de Lleida, allá por los sesenta–, premonitoriamente ridiculizada por los comunistas mesetarios de Madrid como la gauche di whisky? ¿Acaso no es sabido que las libertades democráticas viven allí momentos duros, los más duros de España, salvo los del Norte? A considerar en el futuro. Y seguramente Herralde discrepa del conversador en este punto.

Pese a una tenue obesidad, a su leve double chin, al parecer casi inevitable en quienes alcanzan su edad, tan insospechada –“no me gusta decirla, pero bueno…”, confiesa, en un inesperado gesto de sinceridad–, el protagonista, revestido de un look entre PCI y afrancesado –jersey oscuro, camisa a cuadros, corbata–, aún conserva trazas del señor apuesto que siempre fue y también una cierta desproporción, distante del arquetipo davinciano, entre un tronco demasiado largo y las extremidades inferiores demasiado cortas; de su cabellera densa, sobreabundante –hoy ya con las hebras algo quebradizas y las nieves del tiempo de los versos cursis e inolvidables del tango de Alfredo Lepera–, de su rostro prudente, educado, tallado con regulares y equilibrados golpes de cincel, geométricamente compensados.

Una aproximación a Jorge Herralde aconseja el análisis desde la transversalidad y los planos secantes que interseccionan en su senda biográfica: el editor, el editor catalán, el editor progre, el editor de izquierdas, el editor europeo, el editor internacional, el miembro apasionado y activo de aquel citado gauchismo barcelonés de los cincuenta, sesenta, el miembro de la Escuela de Barcelona, con aspecto de pulcro primo de la prima Montse, el hombre de izquierdas fiel a su mundo, a los profusos índices onomásticos de sus tentativas memorialistas.

Vértice

Porque Herralde es, sobre todo, uno de los vértices del gran polígono de la edición europea comprometida, “de izquierdas”, por utilizar una etiqueta tan reduccionista y bobalicona. Ahí está, junto con el italiano Feltrinelli, el francés Maspero y el español formidable Pepe Martínez, libertario hijo de libertario y su increíblemente preterido Ruedo Ibérico. Acaso pudieran disputarle el lugar algunos otros nombres, respetables por aquí, aunque quizá sin su glamour multidisciplinar, sin su discurso y recorrido históricos.

Ejemplo. Otro editor de renombre y distintas y distantes señas de identidad: Rafael Borràs –que también ocupó en su momento el escaño de conversador en estas páginas–, otro inevitable a la hora de hablar de libros, de editoriales, de Cataluña. Silencio, se edita. Silencio, se escribe. Silencio, se recuerda. Herralde no sabe, no contesta de Borràs en sus profusas y minuciosas páginas, en las que encuentra alojamiento hasta para Enric Majó pero no para el hombre de Planeta.

¿Y Borràs? Dos volúmenes de sus enciclopédicas memorias de un editor, mil y muchas páginas (La batalla de Waterloo, de Rafael Borràs Betriu –Ediciones B, 2003), y, recíprocamente, tampoco encuentra momento y lugar para ocuparse de Jorge Herralde, apenas línea y media sobre el gran enfado de Jorge cuando Javier Tomeo abandonó Anagrama para regresar a Planeta.

Herralde me dedica uno de sus libros con unas líneas escueta, educada, agridulcemente confusas: “Gran periodista, temible entrevistador”. Al margen de futuras singladuras que acaricio, distintas del afán periodístico que hoy me ocupa, no abominaré de mi condición de informador, que de ello ya se ocupa –probablemente influido por los efluvios maléficos de Felipe González– con insistente virtuosismo Juan Luis Cebrián, cuando periódicamente arremete contra su propia genética biográfica y profesional, contra sus raíces, su historia, su discurrir, su condición de académico a la que accedió, precisamente, desde su previa condición de periodista.

Sin embargo, no sé si esa silueta sacamantecas –“temible”– me agrada, en una profesión que demasiadas veces acredita nombres y etiquetas –la tarántula, el tercer grado, la cañonera, sala de torturas, el cadalso…– de una ferocidad primaria infantil y enternecedora, como si tales entrevistadores y analistas hubieran de legitimarse y afianzar su supuesta independencia transformando el ejercicio profesional en una más de las artes marciales. Acaso algún día inicie una sección de pláticas epigrafiada como “El diván”, “El living”, “El saloncito del té” o similar, al menos para que el contertulio se sienta relajado y cómodo a la hora de la deposición. No hay por tanto nada que temer. Herralde parece estar cómodo en el escaño de “La Conversación” de LEER.

En esto, sin embargo, Jorge Herralde no es como Cebrián. El se siente legítima, visiblemente orgulloso de su condición de editor, de los aspectos nobles de su tarea –esas tentativas mal disimuladas para enaltecer el propio oficio, que también se escuchan en boca de los periodistas o de los traductores, pongamos por caso–, al que dedica, incluso, párrafos casi de cantar de gesta: “Oficio difícil el de editor, el ojo y el cerebro en permanente ebullición, siempre al quite del último talento aún por descubrir…”, explica la palabra anónima de una sobrecubierta que acaso oculte tras el antifaz de papel plastificado al propio Herralde. Tiene razón, hasta cuando asegura que hay gente (él mismo) que disfruta con todo ello.

Sus libros de memorias son un repaso respetuosísimo, aparentemente notarial, con una prosa contenida, nada inclinada hacia el exceso o el adorno literarios, ni, por supuesto hacia la invectiva o el rencor, si acaso hacia el silencio, como en el caso de Borràs, que él explica, acaso consciente su autor de los reducidos ámbitos en los que ha de desenvolverse.

Bolaño

Tan solo un atisbo, levísimo, imperceptible, tras el que se intuye en Herralde acaso una vocación soñada, deseada, ansiada, ¿inalcanzable?, la del creador frustrado, el poeta, el narrador que no es, que aún no ha sido. Habla del grande y malogrado novelista chileno –otro de sus descubrimientos, o codescubrimientos– Roberto Bolaño, en un librito de textos y entrevistas sobre el novelista.

¿Intervino Herralde en la redacción final de Los detectives salvajes, acaso en su aproximada obra maestra 2666, que el autor dejó inconclusa antes de morir? Bueno, no exactamente, sí, algo, sólo alguna sugerencia, correcciones menores… “Tuvimos discusiones, tan cordiales como encen- didas, de cuatro de los muchísimos episodios de Los detectives…Accedió a aligerar dos de ellos, pero dejó intactos los otros dos, el libro era bien suyo. Peccata minuta”. Tras su respetuosa y modesta respuesta al informador que le interroga, alienta una apenas presentida sensación de escritor frustrado, secretamente arrebatado por haber siquiera inspirado unas líneas de los textos de Bolaño. Entiendo su veneración por el joven y magnífico narrador muerto, aunque a mí no me agrade demasiado, ciertamente, aquella forma de fumar del araucano, aquella boba fruición a lo Dick Tracy, su gesto de protagonista de cómic a la hora de succionar el cigarrillo acompañando la inhalación de un mohín –leve crispación facial, ojos entrecerrados– tan tonta, impostadamente cinematográfico, como si pretendiera apoderarse del frío, silencioso ademán de killer de Lee Van Cleef –de las rendijas de su mirada–, impropio de alguien mediana, estéticamente serio. Acaso el libro tenía un precio. Peccata minuta.

Así pues, Jorge por doquier. Hasta en la archifamosa y polémica Ley del Libro, cabal y razonable partidario el editor del precio fijo, se pronunció en su momento con el correspondiente texto; aunque a veces abuse en el consumo de ese psicotrópico conceptual de las consignas, como la tan denostada etiqueta “neoliberal”, acuñada por los falangistas en los años más ruidosos, los cincuenta, del más orgulloso y cerril aislacionismo del régimen de Franco, y que ahora es moneda de curso legal terminológico en los vocabularios de la izquierda populista y sobrevenida, si entendemos por izquierda a esa cosa llamada por los jóvenes más protestones y desencantados La pesoe, o a espadones tan nauseabundos como el venezolano Chávez.

En su intervención en unas jornadas sobre la literatura de la Transición de la Universidad del País Vasco (verano de 2002), el Herralde intelectual sucumbe momentáneamente ante el Herralde político: “Adolfo Suárez, con un sentido algo patrimonial y megalómano de la cuestión… escribe: ‘El período que se conoce como transición política está integrado por tres años que cambian políticamente a España: 1976, 1977, 1978. El primero fue el año de la Reforma Política; el segundo el de las primeras elecciones generales libres, después de 40 años; el tercero, el año de la Constitución’”. Nada tan ajustado a la realidad y más alejado de la megalomanía como aquel párrafo de Suárez. Y, aún así, un 23 de febrero pasó lo que pasó.

Ley Fraga

Reconoce, más tarde, lo que supuso la Ley de Prensa de Franco de 1966, conocida como Ley Fraga, al suprimir la censura previa. Tal reconocimiento, que Herralde vivió como una tímida y frustrada primavera editorial, le honra. Aunque este conversador haya sobrellevado resignadamente durante doce años cuatro condenas judiciales –Primera Instancia, Audiencia Provincial, Supremo, Constitucional– por una demanda de protección del “honor” de un personaje tan ejemplar como el desaparecido sultán marroquí Hassan II, al haberse aplicado a una información rigurosa y veraz, escrita por una tercera persona, la responsabilidad en cascada de la Ley de Prensa de 1966, de Franco, de Fraga, aún increíblemente vigente. Vivir para ver.

Y tales cruces biográficos entre ambos. También a Herralde, como a este conversador, le defendió ante el siniestro Tribunal de Orden Público (TOP) Gregorio Peces-Barba. Las vueltas que da la vida. El mundo de Jorge Herralde es un mundo de muchas vastedades. Además, usted no es catalán

(Ver texto íntegro en la edición impresa)



Estudio David Navarro