180
Marzo 2007
Año XXIII
CONTENIDOS
LIBROS

Novedades
Reciba por email las novedades de la revista
Escriba su dirección de email
   
Carta del editor por José Luis Gutiérrez
El “regreso” de Paco Ordóñez y otros retornos
En la ya larga carrera periodística de este corresponsal que les escribe, en el incipiente contacto con dirigentes y líderes políticos de las más variadas tendencias, pronto advertí lo acertado de las enseñanzas que los periodistas anglosajones dispensan, cuando aconsejan dotarse de las mayores dosis de incredulidad, recelo y desconfianza al aproximarse a los políticos, sean de la tendencia que sean, esa extraña casta tan distinta del resto de los mortales.

Hace falta, sin duda, acreditar una muy singular morfología espiritual para ser político, y sobre todo para ser político profesional, entes extraños para los que cuentan poco o nada los códigos morales y de comportamiento y conducta que mueven al hombre de la calle.

Me viene a la pluma esta reflexión tras recibir el libro Francisco Fernández Ordóñez. Un político para la España necesaria 1930-1992 (Santiago Delgado Fernández y Pilar Sánchez Millas; Biblioteca Nueva, Madrid 2007). Porque, realmente, pocos, acaso ninguno, de los personajes y personalidades que he conocido en profundidad a lo largo de más de tres décadas se ajusta tan milimétricamente a ese biotipo del político por antonomasia, con toda la carga de crítica –y de elogio– que el vocablo conlleva. En su momento analizaré esta obra con más detalle.

Ahora, señalaré su carácter sutilmente enaltecedor del personaje, una tentativa de elevar al santoral laico del reformismo franquista a uno de sus más connotados personajes, recompensado post mortem por su condición de tránsfuga desde el franquismo al Partido Socialista, tras haber sido uno de los fundadores –y principal dinamitador, por encargo de Felipe González– de la desaparecida UCD.

Los autores, dos jóvenes profesores universitarios, han optado por el procedimiento acumulativo de información, para proceder acto seguido a una manufactura sutilmente hagiográfica.

Por cierto, que la silueta que de mi modesta persona realizan los autores no es correcta. Es más, resulta ruidosamente inexacta, cuando me etiquetan como uno de sus más severos críticos, dada mi “inocultable antipatía” hacia él.

Ciertamente, uno echa en falta en este país a los grandes y serios biógrafos anglosajones, los implacables despieces psicológicos de los personajes a los que retratan como forma de explicar sus comportamientos, sus posiciones políticas, sus decisiones. Yo me ocupé de seguir al personaje ahora biografiado durante muchos años, hasta conocerle muy a fondo, desde una mezcla de simpatía, repulsión en ocasiones y siempre desde el asombro, el estupor regocijado, ante los límites a los que le podía llevar su simpática y descreída superchería. Siempre, incluso en los momentos de más intenso posicionamiento crítico, mantuve una relación personal amistosa y hasta cálida con él –aquella promiscuidad de políticos y comentaristas en los pasillos parlamentarios–, por entender que sus proyectos eran tímidas tentativas de lo que yo mismo pensaba que había que hacer, pero realizarlo de una manera políticamente mucho más contundente. Posiblemente el equivocado era yo, visto lo que sucedió el 23 de febrero de 1981.

Uno de los autores se entrevistó conmigo, desde esa actitud infantiloide, casi risible, del pretendido distanciamiento que se refugia en los “usted” forzados, absurdos y postizos, toda una seña de identidad de la casa.

Felipe González prologa la obra. Le conocía ciertamente bien, porque González es también un avezado conocedor de animales humanos. Y habla del hombre “culto y bueno, ambas cosas en el buen sentido machadiano de la palabra”. Disculparemos, por esta vez, tal idiotez, tan solemne bobada, como esa otra de “la modernidad”, a cambio de reseñar su delicadeza, su sutileza para describir la incapacidad de Paco Ordóñez para el trabajo intelectual serio y concienzudo, su aversión a los grandes informes, que nunca leía, salvo las escasas líneas de resumen que le preparaban sus colaboradores. “Solía decirle que trabajaba de oído y se reía”, escribe, piadoso, González de quien fue uno de sus “topos” más demoledores y eficaces.

Cotarelo

Y otro retorno inesperado es el de Ramón Cotarelo, un profesor universitario socialista, defensor en su día hasta casi lo enfermizo de Felipe González, que acaba de arremeter, en un largo texto, contra Pablo Lizcano y su obra (reeditada por LEER) La generación del 56. La Universidad contra Franco. Quizá los lectores deberán saber que el profesor Cotarelo es antiguo conocido y compañero de tareas periodísticas de este corresponsal. Le nombré y mantuve como miembro del Felipe González.

Consejo Editorial de Diario 16 al acceder a la Dirección del periódico, el 28 de julio de 1992, y con él compartí innumerables debates y reflexiones, siempre desde una relación personal correcta y amistosa.

No obstante, siempre me sorprendía su actitud intelectual –que jamás critiqué, entendiendo que la pluralidad ideológica del periódico lo debía de permitir–, que daba un giro de ciento ochenta grados a medida que se aproximaban las fechas electorales. De ser uno de los más feroces críticos con el Gobierno socialista, incluso más que cualquier otro miembro del Consejo, súbitamente, y en horas veinticuatro, pasaba a defenderlo y a pedir sin el menor pudor intelectual el voto para Felipe González.

Tras mi expulsión de la Dirección de Diario 16, el 1 de febrero de 1996, escribió un libro de infausta memoria, apuntándose a aquel montaje fascista, a aquella disparatada campaña de linchamiento nazi de “La conspiración republicana”, según la cual un grupo de siete periodistas –entre ellos este Editor– pretendía derribar el Gobierno, hacer abdicar al Rey Juan Carlos I y forzar la llegada de la III República.

Después, fotos y magnetoscopios recogieron su inolvidable actuación una tarde parlamentaria, en la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados, donde acudió, según fuentes de la Cámara, con una invitación “personal” de Felipe González, acompañado de una joven con la que se dedicó a un frenético intercambio de besos y estrepitosas y visibles caricias ante la regocijada y escandalizada mirada de sus señorías, lo que dio lugar a que la Presidencia enviara a un ujier para llamar la atención del fogoso Cotarelo y su larga mano en aquella tórrida tarde parlamentaria.

Ahora, Cotarelo ha escrito un texto (“Sistema”; enero, 2007) en muchos aspectos lamentable, salvo en una cosa: en la digna tentativa de defender un apellido, aunque tal defensa, en estos momentos, suscite sorpresa, y la sospecha de que tal iniciativa quizá no sea muy inocente y tras ella se escondan otras razones.

El resto, su crítica contra el libro de Lizcano editado por LEER, realizada desde ese engolamiento de ciertos profesores –que no soportan que su notoriedad e influencia intelectual haya desaparecido a favor de otros colectivos, como es el de los comunicadores– que denostan los libros por ser “muy periodísticos” y apartarse de “la historiografía”. Penoso, ridículo, semiiletrado, su análisis de la calumnia y más penoso aún su falseamiento de la Historia real de dos libros del 56. Ridiculiza el de Pablo Lizcano –y también critica sutilmente a su prologuista, el actual Defensor del Pueblo, el socialista Enrique Múgica– mientras elogia hasta la desmesura el del también profesor socialista, ya desaparecido, Roberto Mesa (Jaraneros y alborotadores; Ed. Complutense, Madrid 2006), “el mejor” para Cotarelo, porque “es el que incorpora una menor carga de subjetividad”.

Pues bien: es, simplemente, falso, un caso flagrante de desconocimiento de los hechos o, acaso, un intento, aún más artero y censurable, el de deformarlos.

El libro de Lizcano fue el primero –en ello reside uno de sus muchos valores– que se ocupó seriamente de aquellos acontecimientos –como reconocen todos sus principales protagonistas–, y tras el de Lizcano se publicó el de Roberto Mesa, ahora reeditado. El de Mesa es, sencillamente, una simple y correcta antología de documentos que el propio Lizcano –que a la hora de redactar su libro trató de hacer precisamente una obra alejada de cualquier densidad académica– le entregó a Roberto Mesa para su antología, y que le habían servido de malla y columna vertebral documental para redactar La generación del 56. La Universidad contra Franco. Así se escribe la Historia.

(Ver texto íntegro
en la edición impresa)


Estudio David Navarro